sábado 23 de junio de 2007

Con el tiempo, contra el tiempo



CON EL TIEMPO,
CONTRA EL TIEMPO

Esta entrevista fue concedida por José Corredor a Matheos a Alberto Hernando y publicada el 26 de mayo de 2005 por la gran revista Letras Libres con motivo de la consecución por el poeta manchego del Premio Nacional de Poesía.


Acaban de conceder el Premio Nacional de Poesía a José Corredor-Matheos por su obra El don de la ignorancia (Tusquets, 2004). Manchego de nacimiento (Alcázar de San Juan, Ciudad Real, 1929) y catalán de adopción (vive en Barcelona desde 1942), aunque por edad pertenece a la generación poética de los 50, siempre se mantuvo al margen de grupos y tendencias. Ha sido un “corredor” de fondo y solitario que nunca perdió de vista su tiempo histórico ni la tradición poética. Nada de cuanto ha escrito fue por obligación militante o por mimesis (como muchos grandilocuentes poetas sociales bajo la dictadura franquista o los corifeos de la experiencia en el posfranquismo). Siempre escribe por convicción y a tenor de su modesta voz. Su primer poemario fue Ocasión donde amarte (1953). Luego le siguieron, por citar los más importantes, Ahora mismo (1960), Poemas para un nuevo libro (1962, por el obtuvo el Premio Boscán de Poesía), Libro provisional (1967), Carta a Li Po (1975), Y tu poema empieza (1987), Jardín de arena (1994) y El don de la ignorancia. En ese trayecto su poesía se ha ido concretizando en un estilo personal riguroso y austero en palabras, donde la emoción y el sentido se exponen despojados de cualquier vestimenta retórica. Estética y ética en leve comunión. Aunque Corredor-Matheos se licenció en Derecho, se ha ganado la vida en el ámbito del arte y la edición (ha escrito cerca de medio centenar de obras sobre distintos aspectos del arte y es miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando), pero, desde la juventud, su prima ratio vocacional y lo que ha alentado su vida ha sido la poesía. Y en la brecha está.
Ángel Crespo dijo que su recorrido poético se dividía en tres etapas. La última se inaugura en 1975 con Carta a Li Po y supone un cambio formal en su quehacer poético que se mantiene hasta su actual libro, El don de la ignorancia. ¿Ha habido, a tenor de esas tres fases, una metamorfosis en usted o bien hay una consecuente continuidad poética?
El cambio formal se debe a un cambio del contenido y de significado. No creo que se deba exactamente a una metamorfosis, sino al resultado de un desarrollo interior que venía de tiempo atrás y se manifiesta entonces claramente. Mis primeros poemas, de cuando tenía 15 y 16 años, se parecen más a mi última etapa que a la mayor parte de mis poemas anteriores a los años 70 y siguientes. En los años 60 escribí también, durante unos días de descanso en Motserrat, unos poemas que guardan relación con la poesía que vendría después. Esos poemas, que agrupé con el título de Montserrat, los incluí en las poesías completas publicadas en 1981 (Poesía 1951-1975). Por lo tanto hay cierta continuidad, en el sentido de evolución, pero también hay un cambio sustancial a partir de 1970, cuando empecé con Carta a Li Po, publicado en 1975.
Los elementos distintivos de su postrera poesía son la concisión, la búsqueda de la esencialidad de las palabras, el rigor en la construcción del poema y la aparente levedad de lo dicho. ¿Ese despojamiento de toda retórica o boato verbal está más cerca de la austeridad, de la mística castellana o del vaciado zen?
Me parece una pregunta interesante, que no me había hecho nadie hasta ahora y que yo mismo no me había planteado, aunque de manera indirecta sí podía entenderse por comentarios míos. Creo que todas las doctrinas, creencias, poesía y místicas verdaderas tienen el mismo objetivo, si es que podemos llamarlo así, porque apuntan al vacío. Podemos decir que tanto la mística castellana como la alemana, la sufí, el hinduismo o el budismo nacen de las mismas inquietudes, ansia de absoluto y tienden al mismo punto que no es punto. Francisco de Osuna, el maestro de Santa Teresa, tiene un texto sobre la meditación que se acerca mucho al zen. Está el antiguo símbolo de la rueda: los radios, fuera, están muy separados, y se van acercando unos a otros, hasta que coinciden todos en el centro.
En muchos de sus poemas el tiempo se concreta en un mero instante ante el asombro o el gozo por aprehender la naturaleza que nos rodea. Esa reducción (que no anulación) del tiempo le permite inhibirse de la historia y de la sociedad en que estamos inmersos. ¿Ello convierte su poesía, como diría Pascal Quignard respecto al amor, en una intimidad asocial, algo que sólo concierne a dos?
El tiempo y el espacio en los que arranca el poema –como escribió Goethe– están siempre presentes de algún modo, pero creo también que han de ser trascendidos; sólo así puede interesar el poema donde esas coordenadas son otras. La poesía brota de niveles de la psique en que espacio y tiempo no son los de la vida cotidiana. Eso no supone inhibirse de la historia ni de la sociedad, sino operar en profundidad. El mundo en que vivimos, además, se transforma constantemente, y si el poema aprehende el instante con el ánimo y el ámbito de los medios de información, su interés caduca con la misma rapidez con que éstos se consumen. No creo que trascender el propio tiempo sea inhibirse y sí creo, en cambio, que limitarse a reflejarlo supone una autolimitación y una inhibición cara a la conciencia de nuestros problemas esenciales, que son los mismos que los que tendrán los seres humanos que nos han de suceder. Si nos siguen alimentando Sófocles, Cervantes y Shakespeare es porque están hablando también de nosotros y sus obras no se agotaron en su tiempo. Por último, no creo que el amor, cuando lo trata cualquier verdadero poeta u otro artista del pasado, sea sólo algo íntimo y asocial. Supongo que se refiere usted a ciertos tratamientos del amor. El amor es patrimonio de todo ser humano.
El nihilismo (más próximo al consuelo estoico que a la desesperación que tanto gustaba a Cioran) está presente en muchos de sus poemas. En cambio, otros podrían considerarse como una exhortación a la vida. ¿Cómo se concilian esos dos aspectos a primera vista antagónicos?
No creo en absoluto que mi poesía sea nihilista. Lo he leído en varios sitios, pero creo que se debe a que no se entiende, o no me sé explicar ni en el verso ni en mis declaraciones. Gracias, por lo tanto, por la oportunidad de aclararlo. Yo creo; no sé en qué, pero creo. Hablo de una posible trascendencia. En cuando al mundo en que vivimos, creo, y me preocupa su marcha, que es muy problemática. Soy optimista y tengo fama de ello. Veo siempre el vaso medio lleno, salvo cuando sigue vaciándose. Y creo que el vaso del mundo se va vaciando. Pero a pesar de todas las dudas que tengo sobre el futuro del mundo, soy plenamente optimista sobre el futuro de la vida. Respecto a los estoicos, y a pesar de mi admiración por Marco Aurelio –el suyo es uno de mis libros de cabecera–, me parecen tristes. Viven como por obligación. Yo acepto la vida tal como es, en blanco y negro y con todas las dualidades. Lo que pasa es que, a cierto nivel, más allá de lo cotidiano, las dualidades se han de desvanecer. Esto aparte, las oscilaciones que dice apreciar en mi poesía, entre el blanco y el negro, son reflejo de cómo es la vida, y acaso en otros momentos, como en las dos últimas partes del libro, quedan superadas.
En su poesía, especialmente en El don de la ignorancia, suele haber una permanente inquisición sobre la propia poesía. Más negando lo que no es, que señalando unívocos atributos. ¿No está todo dicho sobre la poesía?
Esa inquisición sobre mi propia poesía de la que me habla es, claro está, una inquisición sobre la esencia de la poesía en general. Mi negación de la poesía es una negación de los niveles externos de ella, para tratar de llegar al fondo, donde hay un vacío. Decir vacío es un modo de decir que la esencia –que ya no tiene grosor, ni materia y quizá podemos identificarla con la energía– seguirá siendo un modo de entendernos, pues las palabras están para perdernos. No todo está dicho ni en poesía ni en nada: cada cual tiene que descubrirlo por su cuenta.
En sus poemas son recurrentes el fuego, el agua, el aire y la tierra. ¿Podría considerarse su poesía como la de un hermético alquimista?
No tengo nada de hermético y nunca me he sentido atraído por la alquimia. Me interesan cosas más sencillas. Los cuatro elementos son un lugar común y sirven a veces para entendernos.
El arte y la poesía comparten muchas cosas comunes. Habiéndose dedicado usted a la crítica del arte y escrito numerosas obras al respecto, sorprende (aunque en El don de la ignorancia homenajee a algunos pintores) que en su poesía apenas aparezcan vinculadas ambas.
Las artes apuntan todas a lo mismo: a la que parece inaccesible realidad. La realidad o es kantianamente incognoscible o es pura invención, o no sé qué. Pero, con todo, el poeta, y así lo creía Wittgenstein, se asoma a ella. A veces lo parece. Al místico se lo parece. La realidad es una. En los mejores momentos, cualquiera de nosotros se siente uno con todo y todo desaparece a la vez.
Si no contamos con las ediciones de Cuaderno de sonetos (1996) y Canciones para Judit (1998), su libro anterior a El don de la ignorancia data de 1995 (Haikús). Entre ellos median nueve años. ¿A qué se debe tan dilatado espacio de tiempo?
He escrito, efectivamente, los dos cuadernos de canciones y, además, dos cuadernos más de sonetos y algunos poemas sueltos. En conjunto deben de equivaler a dos libros más. No creo que sea poco, ni mucho. Hay muchos poemas que rompo o guardo por si puedo recuperarlos o con la seguridad de que acabaré rompiéndolos. Si, a pesar de todo, parece poco, es porque no escribo más que cuando siento necesidad o gusto de hacerlo.
¿Al repetir las fórmulas de una poesía inspirada en el antiguo Oriente (Li Po, Tu Fu, Wang-Wei), no se corre el peligro de parodiar aquella poesía y, a su vez, se menosprecia la rica tradición poética occidental? ¿Se puede todavía innovar en la poesía (forma y fondo) o estamos condenados a recurrir a los modelos del pasado?
Eso que apunta es cierto. Pero, en realidad, lo que me interesa en la poesía de Extremo Oriente es su sencillez, su esencialidad, y esto lo podemos descubrir en la poesía castellana popular, en Garcilaso, en San Juan de la Cruz, en Fray Luis de León, en Bécquer, en Juan Ramón Jiménez y en algunos, quizá bastantes actuales. Gamoneda, por ejemplo, a quien admiro mucho. En El don de la ignorancia, la huella de la poesía china y japonesa no es, en mi opinión, apreciable. Quiero creer que me ayudó a encontrar una poesía esencial, y que ese encofrado ha caído. Pero, con todo, Oriente sigue interesándome, también por el budismo, que es una lección de sencillez, de realismo, de relación directa con las cosas. No creo que estemos condenados a recurrir a modelos del pasado, pero si vas a lo esencial te tropiezas con todo lo esencial anterior. Pasa en todas las artes. Coincides, porque vas al fondo –si es que vas–. No porque lo busques ni lo tomes como modelo. Tampoco es que haya un modelo platónico. Coincides, en lo esencial, has de coincidir. Te separas, te distingues en las capas más externas porque tu cultura es distinta y tu circunstancia espacio-temporal también, pero en lo que está más al fondo eres igual.
Para finalizar, ¿podría adelantarnos si está trabajando en un nuevo proyecto?
He escrito algunos poemas de un posible nuevo libro. Son unos 18 o 20. Tengo también inéditos muchos poemas circunstanciales de diversas épocas, pero creo que esperaré a publicarlos en unas nuevas poesías completas. Nunca he tenido prisa para la poesía.

La sed de lo absoluto


LA SED DE LO ABSOLUTO

Entrevista concedida en exclusiva por José Corredor-Matheos a Luis Luna con motivo de su consecución del Premio Nacional de Poesía, y que fué editada en el Blog de Escritores en el año 2005.


Luis Luna.- Ha publicado usted más de catorce poemarios desde que apareciese en 1953 Ocasión donde amarte ¿cuáles son las búsquedas que animan e impulsan esta cuantiosa obra poética?
José Corredor-Matheos.- No se trata exactamente de una búsqueda, sino de respuesta a un estímulo o un impulso, aunque, de todos modos, es muy difícil poner nombre a esas instancias. Creo que hay un estímulo, un impulso, o acaso una búsqueda que, si existe, es involuntaria, que es profunda, básica. Y otras menores o derivadas de ella. Pero no me atrevo a definir esa primera. Acaso el asombro ante la existencia y la realidad. Eso, que está en un inicio, y otra razón-sinrazón, que corresponde al final o, mejor, a un camino que es ya un objetivo sin fin. Puede ser incertidumbre, ansiedad, gozo, el amor en su sentido más general y en lo concreto, un temor y, resumiéndolo todo, sed de absoluto. Esta sed de absoluto estaba ya en mis primeros poemas, escritos cuando tenía quince años y que se parecen a los de los últimos treinta años.
L.L Parece que el “despojamiento” es capital en su obra, ¿cómo le afecta ese despojamiento a la hora de crear?
C-M Ese despojamiento, supuesto o real en alguna medida, no me afecta especialmente a la hora de escribir. Surgen generalmente así y afecta, sobre todo, a la hora de corregir.
L.L Hablando de temática, ¿qué influencia ha ejercido la Naturaleza en su obra?, ¿se siente usted discípulo, en cierto sentido, de ella?
C-M Creo que la naturaleza es fundamental en mi poesía. Tengo recuerdos en este sentido de mis primeros años en Alcázar de San Juan donde nací, y posteriormente, de Villanueva y la Geltrú, donde pasé el resto de mi infancia, ante el mar. La naturaleza, la siento, sobre todo en ciertos momentos, como algo no distinto a mí. Todo, seres vivos o inanimados -vivos de algún modo también- somos parte de ella. Pero más que discípulo de la naturaleza me siento hijo y hermano. Los animales me gustan muchísimo, siento pasión por los perros, sobre todo, y por los pájaros, y todos en general me atraen. Y salen a menudo en mis versos. Los árboles son también importantes para mí. En el jardín de una casa en la montaña, cerca de Barcelona, donde pasábamos los veranos y muchos fines de semana, me hacía la ilusión que mantenía un diálogo con un sauce. En Barcelona voy a menudo a ver el mar y a sentarme un rato en el umbráculo del Parque de la Ciudadela. Si podemos decir de algo visible que es sagrado, esto es aplicable a la naturaleza.
L.L Uno de los componentes más valorados en sus poemas es la adecuada utilización del silencio, ¿qué valores otorga éste a su escritura?
C-M No puede aparecer la poesía sino en silencio. Recogido en ti mismo, se diría que lejos de la realidad, precisamente porque estás más dentro de ella. El ruido lo impide. La poesía, en cambio, es inseparable de la música, una música interna, inseparable del verso. De la poesía, como de la música misma como arte y hasta de la arquitectura, de cualquier arte, emana el silencio.
L.L El silencio es, tal vez, una forma de secreto y a usted se le ha denominado en numerosas ocasiones “poeta secreto” ¿qué factores han influido en ese secretismo?
C-M Lo de que sea o se suponga que he sido “poeta secreto” se debe a que he vivido la mayor parte del tiempo al margen del mundillo poético, inmerso en la crítica de arte. Siempre he tenido relación con algunos poetas amigos y últimamente me relaciono más con este ámbito. Esto, que por un lado habrá perjudicado la aproximación de mi poesía, por otro lado quizá me ha permitido mantener cierta independencia. En todo caso no he pretendido hacer secreto de nada.
L.L Hablemos ahora del contexto, ¿qué influencia ha tenido la poesía y el arte orientales en su obra?
C-M La poesía oriental, extremoriental, ha sido y es importante para mí por su esencialidad, y me atrae especialmente desde finales de los años sesenta. Por entonces empezaba a practicar un poco el yoga, que intensifiqué a partir de los primero setenta. Y todo era paralelo al interés por el budismo. Y, todo -poesía, pensamiento, entendimiento de la realidad-, me interesaba porque lo veía desnudo, libre de todo lo que sobra: y sobra casi todo.
L.L Respecto de la tradición occidental, ¿cuáles son sus referencias poéticas?
C-M De la poesía occidental me interesan muchos poetas, sean de esta línea de la que hablaba o no. Cuando tenía quince años descubrí esa esencialidad en Juan Ramón Jiménez, que ya no me ha abandonado. Y entonces, y ahora, la encuentro también en la poesía popular española, en San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Bécquer… el primer Guillén, algunos libros argentinos de Alberti… Otros poetas modernos que me han importado y me siguen importando son Verlaine, Rilke -con el tiempo, más aún el de Nuevas poesías que el de Las elegías de Duino y los Requiems-, Eliot -primero por Tierra baldía y luego, sobre todo por los Cuatro cuartetos-, Wallace Stevens, William Carlos Williams, el Pessoa de Alberto Caeiro…
L.L Me gustaría hacer mención de su labor como traductor que le ha llevado a traducir, por ejemplo, a numerosos poetas catalanes, ¿considera la traducción como una forma de creación?
C-M Mi experiencia como traductor de poesía catalana ha sido muy fructífera para mí. Creo que la traducción de poesía es posible. Claro que una poesía de belleza formal sobre todo formal resistirá mal la traducción, pero si hay profundidad, en el contenido poético -no me refiero sólo a ideas-, resistirá el trasvase a otro idioma, El cantar de los cantares nos impresionan en cualquier idioma, al igual que ocurre con el Eliot y el Rilke que citaba, incluso la poesía china o japonesa nos llegan en cierta medida. Claro que se pierden cosas. En mi opinión, el traductor de poesía ha de ser poeta. Puede darse el caso de que lo haga bien una persona que sienta profundamente la poesía y, al igual que en el caso del poeta, conozca bien los dos idiomas. Pero, en general, creo que es preferible que sea un poeta. Que, atención, no haga poesía suya al traducir, porque traicionará el original: tiene que ponerse al servicio del autor original y respetar su espíritu, si no siempre la letra.
L.L Es usted crítico de arte, ¿qué consideración le merece la interdisciplinariedad tan presente y preconizada en el mundo actual?
C-M Creo mucho en la interdisciplinariedad. No debemos dispersarnos demasiado -y yo me he dispersado mucho-, pero la cultura constituye una unidad y creo que, al igual que ocurre en la ciencia, el conocimiento de ámbitos distintos resulta fecundo. La poesía y las artes plásticas han estado siempre muy relacionadas. Recordemos la famosa frase de Horacio: Pictura ut poesis.
L.L Hablando del momento actual, ¿qué papel ocupa la creación poética en estos momentos?
C-M Quiero creer que la poesía ocupa el mismo lugar importante, clave, en la cultura, para la gente culta. Otra cosa es que, en el plano general, no cuente o cuente muy poco. Vivimos en una sociedad movida por el interés por lo inmediato, sobre todo económico, y la poesía no mueve prácticamente nada en este sentido; se contempla el mundo como algo plano, sin profundidad, sin misterio, atentos sólo a lo inmediato, visto de manera rápida y superficial, y no se tiene tiempo, o interés en tenerlo, para la soledad y el recogimiento que es preciso para leer poesía. Ahora, en cuanto a creatividad, creo que hay muchos poetas valiosos. Pero el barullo es considerable y la confusión general alcanza a la poesía, aunque sea por contagio y mimetismo.
L.L Para terminar me gustaría hacerle un par de preguntas sobre su último libro, ¿qué supone El don de la ignorancia en el conjunto de su obra total?
C-M Creo que este libro es probablemente, como conjunto, como tal libro, el más maduro -soy, en general, de maduración lenta-. Es el cuarto de la etapa que se inicia en 1970 con Carta a Li Po, aparecido en 1975. Aunque mantenga, según creo, la orientación a la desnudez y la posible esencialidad de los tres libros anteriores, me atengo más a lo inmediato, como punto de partida de una aventura que no tiene término. Creo que la poesía, partiendo de un punto determinado del espacio y del tiempo, suspende ambos y se sitúa, para decirlo con palabras de Kafka, “en algún otro sitio”. Que es real, más real que la realidad aparente.
L.L. ¿Qué ha supuesto ganar el Premio Nacional de Poesía?
C-M El Premio Nacional de Poesía supone mucho para mí. Cierto reconocimiento que agradezco. Habiendo permanecido en una relativa sombra, por mi intensa dedicación a la crítica de arte, los focos se han centrado en mi poesía de golpe y, al parecer, se ha potenciado una atención que había ido aumentando lentamente en los últimos años. Bienvenido sea.

jueves 7 de junio de 2007

Del Antijudaísmo al Antisemitismo

Auschwitz


DEL ANTIJUDAÍSMO AL ANTISEMITISMO
(Una reflexión sobre las bases doctrinales del Holocausto)
Juan Ramón Mansilla


«La Shoah fue la obra de un típico régimen moderno neopagano. Su antisemitismo tenía sus raíces fuera del cristianismo». Con tales palabras el Vaticano realizó el 16 de marzo de 1998 finta -recientemente repetida- ante uno de los fenómenos más horripilantes de nuestro tiempo: el Holocausto judío. Pese a ello, cabría preguntarse si el antisemitismo nazi es, sustancialmente, contradistinto al antijudaísmo que nutre su tronco de raíces cristianas; si es o no aquél, y en qué grado, deudor de éste, aunque en su parte metafísica sustituya la idea de conversión religiosa (destrucción doctrinal) por la de solución final (endiösung). Salvada tal diferencia, ¿en qué medida las víctimas de ambos verían, sufrirían, de manera muy diferente las Leyes de Nuremberg o los edictos y cánones de Teodosio I e Inocencio III?.
La verificación del supuesto proposicional vaticano, además de ofrecer respuestas a estos interrogantes, requiere de un ejercicio de retrospección histórica que resuelva, no sólo el origen del antisemitismo, sino también su carácter de ingrediente constitutivo de la civilización europea, al menos hasta el término de la II Guerra Mundial. Pero, ¿desde cuándo?.
Hay, quizá, una cierta tendencia a situar en la Roma precristiana el origen del antijudaísmo, acaso amparándose en hechos tales como la destrucción del templo y la edificación, sobre el montículo que ocupara, de la colonia romana de Aelia Capitolina. Es decir, la desjudaización de Jerusalén. Pero actuaciones similares se ensayaron antes en Cartago o Numancia. Creo que el supuesto antijudaísmo romano carece de elementos básicos como, para toda construcción doctrinal, puedan ser la coherencia y la sistematicidad. De serlo es, en todo caso, coyuntural e intermitente y mucho mejor definido desde la óptica de las relaciones entre el conquistador y un súbdito, unas veces rebelde y castigado, otras aquiescente. Esta óptica explicaría la alternancia entre tiempos de dura persecución, como bajo Adriano, y momentos de tolerancia e, incluso privilegio, como cuando los judíos son los únicos en quedar exentos de sacrificar a los dioses romanos, tal y como obligaba a todos los pueblos bajo la potestad de Roma un edicto de Diocleciano en el año 286. Lo que Roma aporta a la historia del judaísmo es la diáspora; esto es, su identidad de pueblo disperso, si bien unido por la patria mueble de la doctrina y la ley, del Talmud y la Torah.
El auténtico punto de inflexión en la situación del pueblo judío se halla en el proceso, progresivo e iniciado en el 313, de conversión del Imperio Romano en Imperio Romano Cristiano. Desde este momento, el cristianismo oficializado utilizará en su beneficio todos los recursos del poder para neutralizar y eliminar a las religiones competidoras y, especialmente, a la judaica.
En el año 315, sólo dos tras la conversión constantiniana, los judíos comienzan a recorrer su particular calvario, prohibiéndoseles, so pena de ser abrasados vivos, cualquier tipo de proselitismo entre los cristianos. Desde ese momento tan temprano, aparece ya una de las constantes del pensamiento cristiano respecto a los judíos: su definición como secta perniciosa (eorum feralem sectam) e impía (nefariam sectam). Diez años más tarde, en el primer Concilio ecuménico de Nicea, los Padres de la Iglesia establecen una segunda constante: su catalogación como el pueblo deicida, enemigo natural de los cristianos.
Echados los cimientos doctrinales del antijudaísmo, sólo quedaba completar el edificio. La teoría de la exclusión, fortalecida doctrinalmente por la patrística, será completada por las disposiciones y edictos imperiales, netamente discriminatorios y segregacionistas. En el siglo V (Codex Theodosianus, 439) y en el VI (Codex Justiniano, 534), se acometerá la recopilación y codificación de esa legislación, corpus normativo que pasará a los reinos cristianos occidentales desde el más temprano medievo. En el XII Concilio de Toledo (681), el monarca Ervigio, alienta a los obispos visigodos a quebrar «las redes de los impíos, purificad las costumbres impías de los perversos, actuad con celo ante los sin Dios y, lo que es más importante, arrancad de cuajo la peste judía». ¿Puede extrañar que Heinrich GRAETZ, historiador judío, considere que toda esta doctrina se convirtiera «en un oráculo para toda la cristiandad», que tal ejercicio de fe armara «más tarde a los reyes y a la plebe, a los hombres de Estado y a los monjes, cruzados y eclesiásticos, contra los judíos, y les (indujera) a inventar instrumentos de tormento y a encender las hogueras»?. En tal contexto, ¿extrañará también que una súplica hebraica coetánea proclamase «oh Señor del mundo, antes acostumbrabas a concederme un intervalo luminoso entre una noche y otra (...), pero ahora una noche sigue inmediatamente a la otra»?.
En la larga y densa noche medieval los judíos habrían de quedar irremisiblemente atrapados entre dos tendencias convergentes. La una, a la atracción hacia el cristianismo que, bajo la protección de las autoridades, tenía como horizonte último la pila bautismal, el abandono de su superstición (como pretenden las controversias doctrinales que, por ejemplo, tienen lugar en Barcelona o en Tortosa) y, con ello, de su identidad como pueblo, de su patria portátil. La otra, la que conducía a su exclusión a fin de librar a los cristianos de todo contagio y perfidia. De esta segunda deriva, en primer lugar, la consolidación de la acusación de pueblo deicida y la añadidura de otras (asesinato ritual, profanación de hostias, envenenamiento de aguas) que hicieron cumplir a los judíos una función expiatoria. En segundo lugar, su reclusión en ghettos y aljamas, o la obligación de portar vestiduras y distintivos específicos (por lo general infamantes, como demuestra el que se les denominara la «mancha judía»). Al respecto, en el Cuarto sínodo de Letrán (1215, bajo el pontificado de Inocencio III) se les prohibió ejercer profesiones cristianas y se decretó su aislamiento de la sociedad cristiana. Un canon de este mismo sínodo establecía que «los judíos, tanto si es un hombre como una mujer, en todos los países cristianos y en lugares públicos deben distinguirse del resto de la población mediante un tipo especial de vestuario...». Todo ello acabaría desembocando en la persecución, la expulsión (desde la de Inglaterra en 1290 hasta la de Portugal en el 1496) y el exterminio. Al socaire de las Cruzadas, se generalizaron las matanzas de judíos, como las acaecidas en Ruan, Spira, Maguncia o Colonia. Exhortos como los del abad Pierre de Cluny, en los pregones de la Segunda Cruzada, revelan con claridad meridiana una propensión genocida: «¿Para qué tenemos que ir a buscar a los enemigos de Cristo a lejanos países, si los sacrílegos judíos, que son mucho peores que los sarracenos, moran entre nosotros y profanan impunemente a Cristo y a su Iglesia?». El progromo se convierte en un acontecimiento no episódico, sino recurrente de la cristiandad, sobre todo en sus momentos de convulsiones y espasmos. La Edad Moderna no haría sino añadir sufrimientos, tanto desde la Reforma (Lutero recoge todos los tópicos y toda la furia antijudíos, como puede verse en su De los judíos y sus mentiras, de 1543) como desde el catolicismo.
Tras un periodo de tranquilidad y relativa emancipación que, entre fines del XVIII y buena parte del XIX, mucho tiene que ver con la afirmación de los derechos individuales y el triunfo del liberalismo, un segundo momento de inflexión va a suceder en el último tercio de la pasada centuria. En clara ligazón con el positivismo y el nacionalismo, tiene lugar la secularización del antijudaísmo: los argumentos que encontraban su apoyatura en la religión, pasan ahora a fundarse en un pseudocientifismo biológico, muy dado a establecer categorías taxonómicas plagadas de implicaciones éticas. Adolf Stöcker, en 1878, afirma que los judíos envenenan la sangre e impiden el fortalecimiento del espíritu cristiano-germano. Un año después Wilhelm Marr funda la Liga Antisemita y acuña el concepto de antisemitismo (por cierto que en un sentido política y culturalmente restrictivo, pues se hace referente de lo hebraico y no de otros muchos pueblos semitas), desarrollado por Eugen Dühring y Houston Stewart Chamberlain. Esta línea de pensamiento culminaría en una obra de Moeller van der Brück cuyo más que significativo título era El Tercer Reich. Desde ahora, la cuestión judía revierte de religiosa en racial, siendo el problema dominante _por lo pronto en la teoría_ la salvación de la patria alemana, germano-aria, de la raza sacrílega. El credo judío ya no será lo fundamentalmente criminalizable sino, por encima de él, la propia existencia colectiva de un pueblo y de todos y cada uno de los individuos que lo integran. La «secta perniciosa» se convierte en la «raza maldita».
De todo ello será receptor, discípulo aventajado y maestro, el nazismo. En el punto número 4 del programa del NSDAP (del partido nazi) de 1920, se proclama que «sólo pueden ser ciudadanos del Estado los compatriotas. Y únicamente puede ser compatriota quien tenga sangre alemana, sin distinción de creencias. Por consiguiente, no puede ser compatriota ningún judío». Ya en el poder, el nazismo se aplicó en la tarea de construir un Estado racial. En 1933 se promulgan una serie de leyes discriminatorias que prohiben a los judíos el ejercicio de la medicina, la abogacía y el desempeño de cargos públicos. En 1935 (Leyes de Nuremberg) se les priva de todo derecho constitucional y se les prohibe toda clase de relaciones con los alemanes de raza aria. En 1938 se pasa de la idea de exclusión a la de solución final, refrendada en la Conferencia de Wannsee (1942). Lo que aconteció en Auschwitz, Dachau o Mauthausen es, pese a algunas propuestas revisionistas de esa Historia, sobradamente conocido, y supuso la culminación sistemática de una propensión genocida que había anidado muchos siglos antes en las cavernas de la civilización europea. El nazismo, ese «típico régimen moderno neopagano», no inventó ni las medidas de segregación ni el mito, tremendamente operativo, del «enemigo judío», pero culminó un trayecto ya iniciado, sublimando la exclusión en exterminio y, sobre todo, aportando una metafísica según la cual, no sólo se pretendía el aniquilamiento físico de los judíos, sino su destrucción moral; negando el pasado y el presente al pueblo de la Memoria, desposeyendo del futuro al pueblo de la Promesa.
Queramos o no, más allá de la especificidad de sus ingredientes doctrinales y programáticos, el nazismo era, aunque aberrante, hijo de una civilización en la que, desde hacía ya 16 siglos y como resultado de su autoafirmación ideológica, se había asignado un papel expiatorio al judío. La costumbre, la tradición era difícil, e incómoda, de quebrar, máxime cuando se había hecho verdad de un mito indeleblemente instalado en la psicología colectiva. Por ello, a la afirmación de que la Shoah «tenía sus raíces fuera del cristianismo», se le podría contrapo
ner la pregunta siguiente: ¿sin el antijudaísmo cristiano, hubiera existido el antisemitismo?

Los poetas catalanes ante el bilingüismo



LOS POETAS CATALANES ANTE EL BILINGÜISMO
Carles Duarte


La literatura catalana ha convivido intensamente con otras literaturas en diversos momentos de su historia. No puede pues sorprender que dediquemos nuestra atención a examinar la posición de los poetas catalanes ante el bilingüismo. De hecho, sin embargo, debemos referirnos a situaciones notablemente diferentes a la hora de analizar con detalle esta materia.
En la Edad Media "los primeros poetas catalanes de personalidad determinada y nombre conocido que escribieron en una lengua románica lo hicieron en provenzal" (Riquer, Comas, y Molas I: 21). Se trata de trovadores como Cerverí de Girona, Guillem de Cervera, el rey Alfonso el Casto, Ramon Vidal de Besalú, Berenguer de Palol, Guerau de Cabrera, Guillem de Berguedà, Ponç de la Guàrdia, Guillem de Cabestany, Huguet de Mataplana, i Jofre de Foixà. Son, pues, muchos y muy importantes los poetas que en los siglos XII, XIII, y XIV, a pesar de tener el catalán como lengua propia y habitual (de hecho, el rey Alfonso el Casto era hijo de un catalán y de una aragonesa), escribieron en occitano canciones, serventesios, planys, pastorelas, alboradas, danzas, baladas, sestinas (composición concebida por Arnaut Daniel y que Joan Brossa ha cultivado magistralmente en el presente siglo)... Además, es bien conocido que incluso uno de estos poetas, Ramon Vidal de Besalú, es autor de una importante obra gramatical y estilística sobre el occitano, Las rasós de trobar. El uso del occitano como lengua de expresión literaria por parte de los poetas catalanes es general hasta Ausiàs Marc. Así, Ramon Llull, autor de una obra monumental, escribió su producción rimada en un catalán repleto de occitanismos. Añadamos que una parte significativa de su obra fue traducida al latín y al árabe. Claro exponente de la continuidad del uso del occitano como lengua literaria por parte de los poetas catalanes es que a finales del siglo XIV se creó, a imitación del que se había constituido en Toulouse, el Consistori de Barcelona, que convocaba concursos de poesía de carácter trovadoresco.
En el siglo XV, cuando la poesía escrita en catalán llegó a su momento culminante con Ausiàs Marc, empezamos a encontrar ya los primeros testimonios de un uso esporádico del castellano por parte de poetas catalanes. Este es el caso de Pere Torroella, autor que vivía en la corte del rey de Navarra y que escribió diversas composiciones poéticas en lengua castellana, o de Bernat Fenollar, autor, entre otras obras, de Lo procés de les olives y Lo somni de Joan Joan, con poesías en castellano que encontramos en el Cancionero general de Hernando del Castillo. Por otro lado, a finales del siglo XV nació el escritor barcelonés Joan Boscà, que fue uno de los impulsores de la introducción en la península ibérica de la métrica italiana y que escribió una notable obra poética en castellano y una breve esparsa de diez versos en catalán, una especie de homenaje a Ausiàs Marc, poeta a quien contribuyó a difundir en el ámbito de la literatura castellana de la época. De otro lado, junto a la poesía en castellano escrita por autores catalanes de la llamada Decadencia, cabe señalar la imitación del modelo métrico castellano y la incorporación de numerosos castellanismos en poetas catalanes que escribían su obra en catalán, como ocurre con Pere Serafí o Vicent Garcia, "Rector de Vallfogona."
Al dejar atrás este periodo y adentrarnos en la Renaixença encontramos, sobre todo en la etapa inicial, un uso del castellano por parte de poetas que dan comienzo al proceso de reencuentro del catalán como lengua de expresión literaria. Es el caso de Bonaventura Carles Aribau, quien escribió la mayor parte de su obra poética en castellano (Ensayos poéticos...) y quien, además del catalán y del castellano, empleó el latín y el italiano en la redacción de sus poemas; de Joaquim Rubió i Ors, quien escribió abundantes poemas en lengua castellana, o de Teodor Llorente, autor de la colección Versos de juventud, junto a su producción poética en catalán. De principios del siglo XX quiero citar aquí el caso de tres escritores catalanes que usaron el francés en sus textos poéticos: Josep Maria Junoy, Joan Salvat-Papasseit y Josep Pla. El primero fue una de las principales figuras de la vanguardia literaria en Cataluña del primer tercio de siglo. Junoy es autor de una obra precursora que se sitúa a caballo entre la poesía, el dibujo y la pintura y que está vinculada al cubismo. Josep Maria Junoy mantuvo un contacto permanente con el mundo artístico parisino y empleó ocasionalmente el francés en sus textos poéticos. Lo mismo sucede en el caso de Salvat-Papasseit, por ejemplo en uno de los caligramas de El poema de la rosa als llavis (Salvat-Papasseit escribió además un libro en castellano, Humo de fábrica, recopilación de artículos de opinión de su primera época). Así mismo, Josep Pla es autor de una obra gigantesca en prosa en catalán y publicó también bastantes textos en castellano, como había hecho previamente Eugeni d'Ors, impulsor inicial del movimiento "noucentista," aunque en este texto dedicado estrictamente a poesía es oportuno que me refiera concretamente, aunque pueda tener carácter anecdótico, al hecho de que Josep Pla escribió en 1932 algún bello poema en francés dedicado a Lilian Hirsch y recogido en Un amor de Pla al Canadell. Sabido es también que Carles Riba cultivó en su adolescencia el gallego como lengua de exposición poética.
La guerra civil significó una brutal ruptura del mundo literario catalán y el exilio de muchos de los autores más destacados. Ello explica que, por ejemplo, Josep Carner, quizá la figura más representativa de la poesía catalana de su época, publicase en 1940 en Méjico una primera versión castellana hecha por él mismo de su gran poema Nabí, que se publicó en 1941 por primera vez en catalán, en Buenos Aires; o que en 1943 Josep Carner publicase en Méjico El misterio de Quanaxhuata, dramatización de una leyenda azteca, que en 1951 se publicó en catalán en Perpiñán; o que cuando en 1950 Carner publica el libro Paliers en Bruselas lo haga en edición bilingüe en catalán y en una versión francesa del propio Carner y de émilie Noulet, su segunda mujer. El exilio es también lo que nos permite comprender la publicación de dos libros en francés de Ventura Gassol, el poeta neorromántico y neopopularista de Les tombes flamejants. Efectivamente, en 1943 publicó el libro Fleurs, compuesto en buena parte por traducciones de sus poesías catalanas publicadas o inéditas, y en 1950 publicó Mirages, libro en edición bilingüe catalano-francesa. Si el exilio es lo que provoca que poetas catalanes publiquen en algunos casos poesías en otras lenguas, en Cataluña encontramos el esfuerzo de jóvenes generaciones (Joan Triadú, Jordi Sarsanedas, Josep Palau i Fabre, Josep Romeu...) por reconstruir el panorama literario en catalán, y así aparecen revistas literarias, como Poesia (1944) o Ariel (1946) y surgen iniciativas como las sesiones privadas de "Amics de la Poesia" (1942) o el concurso de poesía de Cantonigròs (1944).
No obstante lo anterior, las condiciones de la posguerra hacían difícil la proyección pública de la literatura catalana, contrariamente a la difusión que al mismo tiempo se hacía de la literatura castellana. Este fenómeno y la consolidación y el aumento de la inmigración a Cataluña de personas de lengua castellana constituyen la razón de que la poesía en lengua castellana adquiriese en Cataluña una consistencia que no había tenido en el período anterior a la guerra civil. En Cataluña, por ejemplo, se escriben en aquel entonces obras poéticas consistentes en lengua castellana, como las de Enrique Badosa, Carlos Barral, José M. Valverde, Alfonso Costafreda, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo y otros autores de la llamada Escuela de Barcelona. Uno de los autores más representativos de este grupo es Jaime Gil de Biedma, quien publicó su primer poemario, Según sentencia del tiempo, en 1953. Francesc Codina ha examinado los vínculos que existen entre Jaime Gil de Biedma y Gabriel Ferrater, uno de los poetas en lengua catalana más importantes de este período. Gil de Biedma y Ferrater coincidieron a partir de 1951 en el núcleo de redactores y colaboradores de la revista Laye. Ferrater se refería curiosamente en 1972 a esta relación en una entrevista que le hizo Baltasar Porcel para Serra d'Or, con estas palabras: "la complicidad, la confabulación que hicimos Jaime Gil de Biedma y yo, en la que tuvimos una suerte fantástica, porque uno escribía en catalán y el otro, en castellano, ya que, si no, nos habríamos copiado mutuamente, y así nos salió diferente."
Uno de los poetas catalanes más destacados de la posguerra es Joan Perucho, autor de una obra literaria singular en prosa y en verso. Perucho, al recopilar su producción poética entre 1947 y 1982 en el volumen Obra poètica completa (1984), incluye en adenda dos poemas en castellano con fecha (1943 y 1944) anterior a su primer libro de poemas. Perucho se decidió a escribir su obra poética en catalán a pesar de que, como consecuencia del contexto contrario al uso del catalán en la inmediata posguerra, escribió unos primeros poemas en castellano. Algo semejante ocurrió en el caso del gran poeta ibicenco Marià Villagómez, quien, con anterioridad a su ambiciosa y admirable obra literaria en catalán, publicó en 1945 en castellano el libro Sonetos mediterráneos, que más tarde Villagómez tradujo al catalán. De una generación posterior es la escritora valenciana Maria Beneyto, que constituye un claro ejemplo de una obra literaria escrita en dos lenguas. Como poeta ha alternado el uso del catalán (Ratlles a l'aire de 1956) y del castellano (Eva en el tiempo de 1952) en su admirable producción lírica.
En los años sesenta surge en Cataluña una voz poética que ha llegado a ser punto de referencia para las últimas generaciones. Me refiero a Joan Margarit, poeta y arquitecto, que inició su trayectoria poética publicando cuatro libros en castellano: Cantos para la coral de un hombre solo (1963), Doméstico nací (1965), Crónica (1975) y Predicción de un bárbaro (1979), y, además, ha traducido al castellano a Miquel Martí i Pol y a Gabriel Ferrater. A partir de 1981, Joan Margarit adoptó el catalán como lengua de expresión poética y desde entonces ha publicado libros tan extraordinarios como Llum de pluja (1987) y Edat roja (1989). Joan Margarit ocupa un lugar central en la llamada poesía de la experiencia, y su poesía es sintética, contenida, de tono nostálgico y elegíaco, con tendencias a la confesión moral. El reencuentro, pues, del catalán como lengua de expresión poética en un autor de obras ya tan importantes en lengua castellana como Joan Margarit, es un claro exponente de la incidencia que en el mundo literario tuvieron, ahora en sentido inverso al que observábamos después de la guerra civil, las transformaciones políticas que se produjeron con la muerte del general Franco y la institución del régimen democrático.
Las consideraciones que acabo de presentar sobre el cambio de opción de Joan Margarit, por lo que se refiere a su lengua de expresión poética, las podemos aplicar también a Pere Gimferrer, autor de una obra poética excepcional, fruto del rigor y de la coherencia con que ha emprendido su trabajo literario. Pere Gimferrer publicó en 1966 su magnífico libro Arde el mar, con el que ganó el Premio Nacional de Literatura. Pero en 1970, unos cuantos años antes, pues, que Joan Margarit, adoptó el catalán como lengua de expresión poética y publicó Els miralls, su primer libro de poesía en catalán, al que han seguido, entre otros, libros tan importantes como El vendaval (1989) y La llum (1991). Marta Pessarrodona, perteneciente a la misma generación que Gimferrer, a pesar de haber publicado su obra poética en catalán, ha reconocido que: "A los 14 años yo quería ser García Lorca, porque entonces todavía escribía en castellano."
Aunque pueda parecer inmodesto referirme a mí mismo, lo quiero hacer en este caso, porque, formando parte de una generación muy distinta de la de Perucho y claramente posterior a la de Margarit o a la de Gimferrer, también, fruto de mi entorno escolar, empecé a escribir poesía en castellano, concretamente en 1973, que publiqué en diversas revistas. Pero cuando en 1975 se me presentó la oportunidad de publicar mi primer libro de poesía, renuncié a ello, convencido ya entonces de que mi obra poética tenía que escribirse en catalán, porque el catalán era la lengua que había escuchado habitualmente en casa y porque, por encima de todo, era y es mi propia lengua y la de mi país. Mi primer libro de poesía escrito, pues, en catalán, que, no debo negarlo, me costó un considerable esfuerzo redactar porque significaba conseguir un dominio escrito de mi lengua que no me había facilitado la escuela, apareció finalmente en 1984. Posteriormente he traducido para alguna publicación poemas míos al castellano y, en diversas ocasiones, he escrito poemas en una doble versión, en catalán y en inglés.
Últimamente, Àngels Cardona, autora de diversos poemarios en lengua castellana (El libro del alba, de 1991...) y presidenta del capítulo de Barcelona de la Academia Iberoamericana de Poesía, ha iniciado una interesante producción poética en lengua catalana, con su libro Miratge d'amor. No sería aceptable dejar de mencionar en esta intervención el hecho de que algunos poetas catalanes de territorios en los que el francés o el italiano es lengua oficial han practicado un cierto bilingüismo. Valga como ejemplo reciente el caso del poeta, narrador y dramaturgo alguerés Antoni Arca, que ha escrito su obra literaria en catalán, italiano y sardo.
Quiero finalizar este análisis examinando con más detalle un autor importante y ejemplo reciente de poesía bilingüe. A la hora de hablar hoy de poetas bilingües en Cataluña, hay que dedicar atención específica a José Agustín Goytisolo. José Agustín es, junto con sus hermanos Juan y Luis, ambos más jóvenes que él, un notable escritor barcelonés en lengua castellana. Nacido un año antes que Gil de Biedma, ha publicado excelentes libros de poesía, como Salmos al viento (1958) o Los pasos del cazador (1980), y ha llevado a cabo un extraordinario trabajo de traducción al castellano de poesía catalana contemporánea. Ahora bien, lo que motiva que deba referirme en este punto a José Agustín Goytisolo es sobre todo la publicación en 1993 de su interesante Novísima oda a Barcelona/Novíssima oda a Barcelona, largo poema redactado por el autor en catalán y en castellano y publicado en ambas lenguas. Esta Novísima oda de José Agustín Goytisolo es una obra netamente arraigada en la tradición poética catalana reciente y está dedicada a la memoria de Jacint Verdaguer, Joan Maragall y Pere Quart, autores también de sendas odas dedicadas a Barcelona. Jacint Verdaguer escribió su Oda a Barcelona en 1883, y fue premiada en los Juegos Florales y divulgada por el Ayuntamiento de Barcelona en una edición popular de cien mil ejemplares. Recordemos sus versos:

Quan a la falde et miro de Montjuïc seguda
m'apar veure't als braços d'Alcides gegantíque
per guardar sa filla del seu costat nascuda
en serra transformant-se s'hagués quedat aquí.

Joan Margall escribió en 1909, influido por la
Oda a Barcelona de Verdaguer, su Nova oda a Barcelona,
en la que encontramos los sentimientos contradictorios que nacen en el autor al hablar de su ciudad, expresados desde la lucidez y con una visión crítica que refleja el hecho de que entre el inicio de la redacción del poema y su conclusión había tenido lugar la Semana Trágica, que había conmocionado a la sociedad catalana y que había afectado profundamente el ánimo de Joan Maragall. Recordemos los versos finales:

Tal com ets, tal te vull, ciutat mala:
és con un mal donat, de tu s'exhala:
que ets vana i coquina i traïdora i grollera,
que ens fa abaixar el rostre.
Barcelona! i amb tos pecats, nostra! nostra!
Barcelona nostra! la gran encisera!

Y Joan Oliver, "Pere Quart," escribió también su
Oda a Barcelona
en trágicas circunstancias, en 1936. De hecho, la primera edición del poema la hizo el Comisariado de Propaganda y la ilustró Joan Junyer. El poema, comprometido, de espíritu nacionalista y revolucionario y con referencias internas a la oda de Maragall, acaba con estos versos:

Trevalla. Calla
Malfia't de la història.
Somnia-la i refés-la.
Vigila el mar, vigila les muntanyes.
Pensa en el fill que duua a les entranyes.

Por lo que se refiere a la oda bilingüe de José Agustín Goytisolo, ilustrada por Josep Guinovart, se trata de un texto en el que el autor, a través de la voz de diferentes personajes de épocas diversas, construye un recorrido reflexivo por la historia de la ciudad, que acaba con un personaje actual, Victor Alexandre, nacido en Barcelona en 1986, pocos años antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992, y con un mensaje esperanzado e integrador. Recordemos aquí estos fragmentos:

A) I teníem de nou la Generalitat
i el Parlament també, i l'idioma nostra
eixí de les cavernes i entrava a les escoles
Y tuvimos de nuevo la Generalitat
y el Parlamento también, y nuestro idioma
salió de las cavernas y se metió en la escuela,
B) Ningú no distingeix avui entre nosaltres
els ciutadans antics dels immigrants
perquè ja som un tot: i la gent parla
no sols el català i el castellà,
sinó també el francès i encara molts l'anglès.
Nadie distingue entre nosotros hoy
a ciudadanos viejos de inmigrantes
porque somos un todo: la gente habla
no sólo catalán y castellano
sino muchos también francés e inglés.

En este breve estudio, he intentado presentar la diversidad de formas que ha adoptado el bilingüismo en el transcurso de la historia de la poesía catalana. Me he referido a la presencia de la literatura trovadoresca en Cataluña y a la incidencia que tuvo el castellano en la poesía catalana del período de la Decadencia, en los momentos iniciales de la Renaixença, en el exilio posterior a la guerra civil y en la posguerra en Cataluña; pero también he querido citar el uso del francés por poetas catalanes en diversas ocasiones y el proceso de recuperación del catalán como lengua de expresión poética que ha adquirido gran vigor a raíz del restablecimiento de las instituciones de autogobierno de Cataluña. He querido acabar mencionando la situación específica de la poesía catalana en los territorios en los que el francés o el italiano es lengua oficial y presentando unas notas sobre el último y significativo exponente de poesía bilingüe, la
Novísima oda a Barcelona, que, recogiendo una importante tradición de la literatura catalana, nos ofrece una visión poética del momento presente de la vida barcelonesa y una mirada abierta hacia el futuro de la sociedad catalana.

(Aquest estudi fou llegit en el IV Catalan Symposium de la Fundació (Nov. de 1994) i ha estat publicat en Suzanne S. Hintz, Essays in Honor of Josep M. Solà-Solé [New York: Peter Lang, 1996] 69-79)



© Carles Duarte, Nov. de 1994; Generalitat de Catalunya.

miércoles 6 de junio de 2007

En el "Centre del temps"

Carles Duarte revisa su trayectoria poética en 'El centre del temps'

Carles Duarte (Barcelona, 1959) necesitaba realizar una "mirada atrás" sobre su obra poética después de 20 libros publicados desde 1984. El centre del temps (Edicions 62) es el resultado de este "balance de lo aprendido durante mi trayectoria literaria. Un libro con el que asumo este proceso de construcción poética", dijo ayer el poeta en la presentación de su obra en Barcelona. El centre del temps es una obra en la que Duarte vuelve a profundizar en los conceptos de la ternura, el sueño y el olvido.
Duarte es un político-poeta o poeta-político (ocupa el cargo de secretario general de la Presidencia de la Generalitat) que aún recuerda cuando comenzó a escribir poesía, el 11 de septiembre de 1973, el día del golpe militar en Chile. "La herida que me causó me llevó a romper el silencio", comentó el escritor durante la presentación de su última obra.
Carles Duarte divide su obra publicada desde entonces en tres grandes bloques: el primero agrupa poemas de tipo más personal, como
Paisatges efímers; otro incluye versos dedicados a diálogos de diverso tipo con el arte y los creadores plásticos, como Kim Castells -Primavera d'hivern
-; y el tercer bloque comprende reflexiones surgidas a partir de lecturas, como El silenci, que partió de la filosofía de Plotino. "Ahora paso por un momento literariamente importante para mí. Este libro lo considero trascendental porque en él condenso estos tres tipos de obras", destacó el escritor.
Duarte, a quien le gusta hablar de la poesía como "la construcción de un espejo de palabras en el que vemos reflejado nuestro interior", arranca
El centre del temps
rebuscando en sus propios pensamientos datos sobre la ternura y la fragilidad humana. Vuelven a aparecer en estos poemas temas habituales en su literatura, como el olvido "no como algo dramático, sino como una parte más de nuestra existencia". "El olvido", prosiguió Duarte, "es el hilo conductor del hombre, necesitamos olvidar para poder vivir".
El sueño es otro elemento que Duarte aborda en su obra. "En mi caso con un significado muy shakespeariano. Shakespeare dice en
La tempestad
que estamos hechos de la misma materia que el sueño". La segunda parte del libro se concentra, afirma el autor, en su relación con los demás y con la naturaleza. Culmina el poemario un diálogo con la obra pictórica de Hernández Pijoan. "Me identifico con la sencillez de su obra, con la exaltación de las texturas. Creaciones de gran sensualidad, pero al mismo tiempo profundamente íntimas", explicó Duarte.
La poesía de Carles Duarte ha sido traducida a diversas lenguas y el escritor ha obtenido los premios Rosa Leveroni y Vila de Martorell. El también poeta Màrius Sampere presentó
El centre del temps
afirmando que los versos de Duarte "forman un mensaje codificado, abierto a todos, en el que nos revela las incógnitas, nos sitúa en el mundo y lo hace nuestro".

Publicado en el diario EL PAÍS/Cataluña el día ocho de abril de 2003

martes 5 de junio de 2007

Auschwitz, o el silencio de Dios


AUSCHWITZ
o el silencio de Dios

Carlos Morales

La decisión del gobierno alemán de abrir al escrutinio público los archivos del III Reich acaso nos ayude a comprender –lo necesitamos– cómo fue posible que una de las naciones más cultas de Europa no sólo conviniera en que la «Solución final» a los grandes males de Occidente pasaba por la absoluta erradicación del pueblo judío de la faz de la tierra, sino que, para llevarla a cabo, aceptara con absoluta normalidad la creación de una gigantesca maquinaria de exterminio cuya asombrosa perfección fue –y sigue siendo hoy– la más genuina representación del Apocalipsis.
No han sido pocos los historiadores que han procurado saldar esta inquietud comprendiendo el Holocausto como una suerte de «opción militar» de carácter estratégico “impuesta” a los jerarcas nazis por la II Guerra Mundial. La urgente necesidad de abrir un “hueco” a los prisioneros soviéticos en los campos de concentración, y la interpretación nazi de la irrupción americana en el conflicto como una prueba más de que el “cáncer judío” no sólo afectaba al comunismo, sino que se extendía también a las democracias más poderosas de la tierra, habrían “obligado” a los dirigentes del Reich a plantearse el exterminio absoluto de la judería europea como una “necesidad imperiosa”, con fusilamientos masivos al principio, y, finalmente, con las tristemente hiperactivas cámaras de gas. En ese sentido –se nos viene a decir– el Holocausto no debiera ser entendido de un modo distinto al de otros de los muchos «crímenes de Guerra» y «contra la humanidad» cometidos por los contendientes al amparo de un conflicto planetario que regó la memoria de Europa con más de cuarenta millones de muertos…A pesar de su capacidad de seducción, representaciones como ésta de la realidad histórica dejan demasiadas preguntas en el aire. ¿Qué sentido estratégico podía tener la aniquilación de más de un millón y medio de niños judíos en los campos de exterminio de Polonia? ¿Acaso eran agentes camuflados a sueldo de Stalin o de las corruptas democracias de occidentes? Las estrictas precauciones con que, a diferencia de los bombardeos masivos o las ejecuciones públicas de prisioneros de guerra, buscaron alejar el genocidio del conocimiento de la opinión pública no hacen sino levantar la sospecha de que las autoridades nazis tenían plena conciencia de que ni siquiera las contingencias impuestas por la Guerra justificaban aquel espantoso acto de barbarie en que estaban empeñados ¿Entonces?
En realidad, tanto el genocidio judío como la misma guerra formaban parte de un programa político cuya piedra angular había sido tallada en 1925 por Adolf Hitler en su Mein Kampf. Sus páginas abogaban por una guerra que sólo alcanzaría su fin con el dominio absoluto alemán sobre el mundo conocido, y cuya viabilidad requería necesariamente la conversión de todas las razas inferiores –las no arias– en mano de obra esclava al servicio exclusivo del Reich. De acuerdo con ellas también, la Obra no podría completarse sin la erradicación absoluta de la «raza judía», la única que, más allá de su inferioridad, era radicalmente incompatible con la Civilización que se buscaba: y es que, marcada por una especie de malformación genética nacida de la práctica constante de una religión igualitarista, el instinto racial llevaba inexorablemente a sus miembros a procurar poner las sociedades que dominaban –mediante añagazas perversas como el comunismo y el cristianismo– al ritmo cansino de los débiles.
En este sentido, ni la «Solución final» fue el dramático efecto colateral de un conflicto planetario, ni la II Gran Guerra fue la excusa para llevar aquélla a puerto. Ambas fueron, por el contrario, el producto de la vasta locura totalitaria de un puñado de hombres a la que Alemania acabó entregando, democráticamente, su destino. A nuestro juicio, la enorme responsabilidad histórica que le cabe a la sociedad alemana por haberse entregado, no es menor que la de las potencias vencedoras en la I Guerra Mundial, cuya política –tan soberbia como escasamente inteligente– llevó al pueblo alemán a separarse de la misma tradición liberal que la asfixiaba. De otro lado, ¿con qué razón pueden apuntar hacia Alemania aquellas sociedades europeas cuyo pacifismo “aconsejó” a sus gobernantes apaciguar a la Bestia con continuas concesiones en vez de aplastarla con coraje cuando aún era posible hacerlo?
Aunque asumir esto nos debiera bastar para saber el camino que nunca debemos volver a seguir, en modo alguno nos sirve para responder todas las preguntas. ¿Por qué fue Europa la mano que entregó a los judíos a la más terrible de las Apocalipsis? ¿Por qué fue tan renuente a evitar su trágico destino? Tal vez hallemos la respuesta en los más de dos mil años de feroz antijudaísmo con que las diversas corrientes religiosas nacidas al amparo del cristianismo inundaron los cielos de nuestra Civilización. Las raíces del Holocausto no están –como sugiere Ratzinger– en el «silencio de Dios», sino en el rencor antijudío que los intérpretes de todas sus iglesias –y no solo la Católica– lograron construir sobre una torva percepción de su Evangelio. Sin ese furor, es más que probable que la existencia judía jamás hubiera llegado a ser, en esta vieja Europa que se jacta de ser la civilización más perfecta de la Tierra, ese terrible problema para el que los nazis encontraron –en Auschwitz– la no menos terrible «Solución final». La negra leche del alba…

(Publicado en la revista Malena, nº 3, en junio de 2006)

lunes 4 de junio de 2007

Los libros negros

Los Libros Negros
Juan Ramón Mansilla

Hace unos años, el diario ABC se sirve del comentario de la obra El Libro negro del comunismo. Crímenes, terror y represión, editada por Robert Laffont, para realizar un claro ejercicio de oportunismo político y, lo que es peor, una burda banalización de la Historia contemporánea. La tesis del artículo que firma Juan Pedro Quiñonero es tan simple como intencionada: el paraíso comunista se edificó sobre millones decadáveres de los cuales veinte millones corresponderían a la URSS yalrededor de sesenta y cinco a China. La represión que los provoca no es algo fortuito ni excepcional: "el terror comunista no es una desviación de un modelo político original. Al contrario, es un cuerpo de doctrina dispuesta a servirse de todos los servicios del Estado para imponer su ley a pueblos enteros", se afirma mientras, paralelamente, se pregunta ¿quién se cobró más víctimas inocentes, Hitler o el comunismo?
La respuesta, por supuesto, viene dada: "globalmente los campos de exterminio nazis se cobraron 25 millones de muertos mientras que los campos de exterminio comunistas sumaron entre 85 y 100 millones de cadáveres? De la comparación resulta, y éste es un trasfondo intencional del artículo, que el régimen nazi fue benigno en relación al comunista. Claro que se olvida una cosa: esos "entre 85 y 100 millones de cadáveres" son producto de numerosos países y de un lapso temporal de 70 años. Aquellos 25 millones de muertos los ocasiona la política de un solo país durante 10 años. Si se hiciera una proyección no serían 25, sino1 75 millones. ¿Qué decir si el Reich nazi hubiera durado los mil años que, por fortuna equivocadamente, predijo Hitler? Entonces todos seríamos o arios o esclavos o muertos.
Este matiz, con serlo, no es lo importante. Lo esencial es que tesis como la mantenida por el artículo se insertan en lo que puede denominarse como trivialización del nazismo; es decir, en una corriente "revisionista" que nos presenta a ese régimen de maldad o como una desgracia más dentro de la nómina de las catástrofes de la Humanidad o, lo que es peor, como el baluarte salvador del mundo occidental ante el empuje de las hordas soviéticas. Ante ello, que a Hitler y a sus secuaces (una recentísima investigación de Daniel J.Goldhagen demuestra algo intuido: que, en Alemania, los nazis no estuvieron tan solos sino que gozaron de la colaboración activa de millones de alemanes) se les fuera la mano es pura y disculpable contingencia. De aquí a la verdad, media un mundo. Pero, qué importa si contribuye a la consecución del objetivo pretendido que no es otro que algo que,d e modo palmario, se viene agudizando desde 1989, desde el desmoronamiento del régimen del "socialismo real": la demonización del comunismo; la demonización de una ideología que, de pervivir, supondría cuestionar el triunfo del pensamiento único triunfante, la victoria del capitalismo —tan festejada por tantos, el ABC entre ellos— sin tener en cuenta que implica también el triunfo de la desigualdad, de lo cual es ejemplo la paulatina trituración de derechos sociales y del Estado del Bienestar que ocurre en nuestros días...
Todo lo anterior no significa, por supuesto, la ocultación de los crímenes perpretados por los regímenes comunistas (de hecho tampoco,y pese a su pretendida novedad, libros como el de Laffont o artículos como el de Quiñonero aportan gran cosa: hace ya más de 50 años que los crímenes del estalinismo fueron denuciados por Raymond Aron, Hannah Arendt o Albert Camus), ni siquiera su edulcoración, como algunos pretenden, bajo el pretexto de responder "a una esperanza equivocada". Como hace bien poco recordaba Bernard-Henri Levy (El Mundo, 15-XII-1997), el fascismo y los regímenes comunistas son comparables si consideramos que se trata de un género (el totalitarismo) que tendría dos especies distintas, siendo precisamente el concepto de totalitarismo "el único que, al unirlos,c onsigue decirnos algo de esos dos acontecimientos esenciales y,l ógicamente, irreductibles que son Auschwitz y el Gulag". Proseguía diciendo que "comparar es pensar. Comparar es hacer Historia. El gesto de comparar (..) es el gesto mismo del conocimiento", para concluir su artículo diciendo que "hay que comparar, pues, elfascismo con el estalinismo, para aislar lo que, en él, resiste a la confrontación y dejar en evidencia absoluta, total y diáfana la medida de su inhumanidad".
Para comparar creo absolutamente necesario responder a estas preguntas: ¿es el comunismo lo que ha fracasado, es el comunismo —entanto que doctrina— el responsable de aquellos crímenes?, ¿es comunismo sinónimo de los autoproclamados regímenes comunistas? Para dar una respuesta cabal a esta cuestión habría que acudir al pretendido modelo político original de dichos regímenes: al marxismo. Y en la teoría marxista primigenia, el comunismo sería el estadio final de la revolución proletaria en el cual no sólo quedaría suprimida cualquier forma de explotación sino, incluso, el Estado, consiguiéndose la culminación del ideal de libertad mediante la consecución de la igualdad. Esto, claro es, cuadra mal con unos regímenes que descansaban en la omnipotencia del Estado y que, del marxismo, sólo conservaban alaracas verbales y, no de una manera completa, la estatalización de la economía. Pero, antes aún que en su formulación marxiana, existen nociones de comunismo que, por citar algunos ejemplos, podemos rastrear en las obras de Platón o de Santo Tomás Moro. ¿Son ambos también, en tanto que comunistas, inductores de los genocidios soviético, chinopopular o polpotiano? El comunismo, como doctrina, ni diseña un progama de aniquilación ni parte de un impulso criminal originarios sino, al igual que el cristianismo u otras religiones, de un intento de emancipación de la humanidad que, a diferencia del cristianismo u otras religiones, no pospone para el cielo sino que pretende en el tierra. Otra cosa bien distinta son los asesinatos realizados en su nombre (en el del comunismo, en el del cristianismo, en el de otras religiones).
¿Se puede decir lo mismo del nazismo? Difícilmente toda vez que su "modelo político original", el Mein Kampf de Hitler, esboza un plan de dominación y exterminio raciales que fue diligentemente seguido. Mas aún: en ningún otro régimen, sea cual fuere la raíz y la crueldad de su totaliarismo, ha existido algo tan absoluta ei nhumanamente específico como la Shoah, como el Holocausto judío. El nazismo nace, se desarrolla y muere siendo criminal. No tener esto encuenta sería caer en comparaciones ahistóricas con el trasfondo de unas estadísticas macabras. Por eso el artículo que publicita ABC incurre en una intencionada perversión de una materia, la Historia, que adolece de numerosas malformaciones genéticas.
Para remediarlo, para ofrecer una imagen más objetiva, y puestos ya que no en el análisis histórico sino en el tremebundismo, hubiera sido de agradecer que, junto al Libro Negro del comunismo, dicho semanario abriera sus páginas a los "Libros Negros" de todas las represiones habidas, y no sólo de las que afectan a quienes se hallan en sus antípodas ideológicas. Así, por ejemplo, y por cercanía histórica, el Libro Negro del franquismo que, quizá, podía encomendar a Ricardo de la Cierva, todavez que tal diario editó en fascículos su, más que biografía, hagiografía de Franco.
Y, amigos como son de las comparaciones, y dado que en el artículo de Quiñonero se dice "que Lenin ordena por escrito, de modo muy enérgico, expeditivo y terminante, cómo es necesario ejecutar ... a los enemigos políticos, y pide a sus verdugos materiales que se dé mucha publicidad «pedagógica» a esas ejecuciones", no tendría poco provecho comentar, como él mismo lo hizo en una entrevista concedida a Jay Allen el 29 de julio de 1936, que Franco estaba dispuesto a "pacificar" el país aunque para ello tuviera que fusilar a media España. También sería instructivo contar que, además de firmar numerosas sentencias a muerte, en ocasiones se esmeraba al decretar "garrote y prensa", es decir: forma de ejecución y publicidad. O, por añadir otra perla, cómo pese a las protestas de alguno de sus compañeros de armas como el general Cabanellas ante las excursiones organizadas por el Director General de Prisiones, Joaquín del Moral, para disfrutar de las ejecuciones del día en Burgos, Franco no hizo nada por evitar tan formativa manera de entretenimiento. Y, ya puestos a hablar de modelos políticos originales, por qué no citar esta frase, pronunciada en el marco deuna arenga en Radio Jerez el 24 de julio de 1936, del que fuera Consejero Nacional del Movimiento y Secretario "perpetuo" de la Real Academia, José María Pemán: "la guerra, con su luz de fusilería, nos ha abierto los ojos a todos. La idea de turno o juego político ha sido sustituida para siempre por la idea de exterminio y de expulsión".
Podría, por qué no, incluir en su semanario el Libro Negro del cristianismo, relatando los crímenes y montones de cadáveres —inquisiciones varias, cremaciones incluidas; progromos, guerras dereligión, cruzadas, santificación de los vuelos de la muerte en Argentina— sobre los que se fueron imponiendo los catecismos; cadáveres a los que de poco consuelo les sirve, al igual que a Galileo, la tardía contricción del Vaticano. Y, de este modo, despreciando sus aportaciones positivas, concluir que esta doctrina "devoró millones de víctimas inocentes ... en nombre de la voracidad implacable de una minoría ideológica con vocación imperial y totalitaria".
Ya en ello, tampoco vendría mal un repaso al Libro Negro del yanquismo para así resucitar, aunque sólo fuera por el peso de los números, las inocentes víctimas de Hiroshima y Nagasaki —claro que,sin la aportación de sus cuerpos a la ciencia, no se hubiera podido desarrollar una energía tan inocua como la derivada de la fisión nuclear—, del bombardeo de Dresde o de los que, con napalm, se realizaron sobre los campesinos vietnamitas.
Quizá también, y a pesar del informe Fungairiño, tendrían cancha en el recuento los miles de cadáveres con que se adornan las dictaduras sustentadas desdeWashington (por cierto que el insigne benefactor del pueblo chileno, Augusto Pinochet, ha sido recientemente acusado de haber ordenado personalmente el asesinato de 53 civiles), o los difuntos que provoca su ensañamiento contra Irak, Estado al que anteriormente no tuvo reparo alguno en armar contra Irán.
Vendría asimismo muy a cuento el Libro Negro del imperialismo o, para no buscar en ojos ajenos la viga propia, el Libro Negro del imperialismo español: la brutalidad de los Tercios en Flandes —en lo que no le iría a la zaga, ya en nuestro siglo y en Marruecos, el Tercio de Extranjeros o Legión, donde no estaba mal visto recontar los moros muertos mediante cabezas u orejas cortadas—; el exterminio de los indígenas americanos, ya por acciones directas como las que relata Fray Bartolomé de las Casas en su Brevísma relación de la destrucción de las Indias, ya sometidos al gulag de la mita y al auschwitz de la encomienda de indios (se estima, por poner dos casos, que de los 20 millones de nativos existentes en México en 1519 quedaban poco más de un millón en 1608; que de los varios cientos de miles que habitaban La Española en 1496 sólo pervivían doscientas almas en 1540); la crueldad desplegada en las guerras del Rif.
Por supuesto que no estaría nada mal (uf, lo mismo que me juego unaf atwa condenatoria) dar cabida en esta negra biblioteca al Libro Negro del Islamismo, y a su creciente propensión a la intolerancia y a justificar santas guerras y santos crímenes; eso en la actualidad que, en el pasado, tampoco estaría de más tratar de su labor de cazaesclavos allá por la cuenca del Níger (por ejemplo).
Sería, por último, muy conveniente abrir el Libro Negro del abecismo; es decir, de la ignorancia y la ceguera que promueve una historia hecha por moralistas a posteriori y carroñeros selectivos, forjada de verdades a medias, de mentiras interesadas.


(Artículo aparecido en "El Juglar de la Frontera", en 1997)

Burka

Misha Gordin


BURKA
Carlos Morales

Hace ya algún tiempo, en una entrevista que me hizo el gran novelista argentino Norberto Luís Romero para la revista Europa plurilingüe, manifesté mis severos reparos a esa idea que el buen historiador César Vidal había puesto por aquellos días en circulación, según la cual el islamismo era esencialmente incompatible con los principios de la democracia. Pensaba entonces –y sigo haciéndolo ahora– que no se podía convertir en una verdad absoluta lo que en el fondo no era más que un juicio de valor que pasaba por alto el hecho de que, históricamente, ninguna de las religiones monoteístas jamás había aceptado con naturalidad los argumentos ideológicos del pensamiento democrático. De hecho, detrás de los muertos apilados a los pies de la cúpula que hasta hace poco cubría la hermosísima mezquita de la ciudad legendaria de Samarra, se encuentra el mismo afán totalitario que hizo posible el asesinato de miles de judíos en las calles cristianas de Toledo y de Sevilla, allá por 1391; las voluptuosas hogueras de la Suiza de Calvino, o las riadas de sangre hugonote que corrieron por las calles de París en aquel terrible día de San Bartolomé: ninguna religión monoteísta ha estado más libre que las otras de los majestuosos excesos cometidos contra el hombre por los iluminados que quisieron hacer de la vida en la tierra un mero reflejo de los mundos celestes de los dioses a los que adoraban o –como los nazis– de una idea racial nacida del materialismo ateo pero convertida en una verdad no menos sagrada ni devastadora que las revelaciones del Corán o de la Biblia.
Para los que asistimos aterrados a ese rosario de violencia desatada no tanto por los musulmanes como por sus fanatismos, la gran cuestión que cabe plantearse no es si el Islam es menos permeable a los principios morales de la democracia de lo que lo fueron las otras grandes religiones del monoteísmo, sino hasta qué punto las sociedades que viven apiñadas a su sombra serán capaces algún día de liberar su cuello del yugo asfixiante del totalitarismo que lleva aparejada su tutela. Ese ha sido, precisamente, el campo de batalla del encarnizado combate por la libertad que –en palabras de Lord Acton– ha definido la gran Historia de Occidente. A día de hoy, nadie mejor que los europeos serán capaces de saber lo mucho que ha costado situar a Dios en el territorio de las conciencias individuales y hacer compatible su “presencia” con una sociedad civil organizada en torno a la consagración de la libertad de conciencia. A lo largo de nuestro dramático y tumultuoso viaje, las distintas confesiones religiosas de la cristiandad han ido aceptando –mal que bien, pero definitivamente– las limitaciones impuestas por una sociedad civil cada vez más laica a su afán por ajustar la vida de los individuos a sus cánones morales, al tiempo que han logrado impregnar de sentido cristiano la ética de la justicia y de la libertad sobre la que Occidente ha ido levantando su particular visión del Mundo. Nadie mejor que nosotros sabe de los rastros terribles dejados por quienes han querido diseñar el mundo a imagen y semejanza de las verdades absolutas religiosas o raciales, como herederos que somos de los que, en el seno de la tenida como la Civilización más “perfecta” y “sana” del planeta”, hicieron del ejercicio de la crueldad la más elegante de las artes: después de Auschwitz, no seremos los europeos los mejor ni más alegremente dispuestos a dar un paso atrás en la defensa de nuestro modo de vivir y de pensar el mundo que habitamos.
Europa está esperando a que el Islam reaccione y descabece desde dentro a quienes pretenden imponer a espada, en nombre de Alá, el burka de su Ley sobre la tierra. Nosotros no somos quién para decirles cómo hacerlo. No podemos hacer otra cosa que esperar. Pero cuando vemos que la sociedad civil musulmana es capaz de escandalizarse y de salir a la calle por unas viñetas desafortunadas, y no de hacer lo mismo ante los niños muertos de Beslán, de Madrid, de Bali o de Manhattan, tenemos todo el derecho a preguntarnos qué podemos aguardar de un mundo inmóvil que, como el islámico, parece incapaz de salir de su silencio. Si sus dirigentes no saben o no pueden controlar a los fanáticos y –lo que es más importante– si la sociedad musulmana no se atreve a plantarse firmemente ante el delirio de los negros arcángeles de su Dios, que nadie nos pida mantener en pie nuestra paciencia más de lo que dura una rosa en el desierto. Nadie nos puede exigir que, en aras de la coexistencia, toleremos el ejercicio arbitrario de la crueldad y la ignominia. Podemos esperar, y esperaremos; pero no sabemos cómo. Ni hasta cuando.


Este artículo fue publicado en el nº 2 de la revista Malena (Cuenca), en Marzo de 2006

viernes 1 de junio de 2007

El silencio del Islam

Derrick Santini


EL SILENCIO DEL ISLAM
Carlos Morales


Desde aquel fatídico 11 de septiembre hasta el día de hoy, las comunidades musulmanas han tenido oportunidades y motivos más que suficientes como para iniciar un proceso de reflexión crítica sobre sí mismas semejante a los que, desde mediados del siglo XX, han venido haciendo los miembros y las jerarquías de otras confesiones religiosas y, de un modo muy concreto, las de la Iglesia católica y romana. La última la dejaron pasar en Ratisbona, en donde el papa Ratzinguer hizo un llamamiento en alta voz a la asamblea de creyentes a acentuar los vínculos entre la razón y la fe, para concluir abominando de la violencia ejercida en nombre de Dios por sus adoradores. Lo único que se le podía reprochar a sus palabras es haber obviado el papel que, en las breves etapas en que no estuvo dominada por los fanáticos del desierto, jugó la cultura islámica española en la llegada de esa misma “razón” a la Europa católica de los primeros siglos medievales.
Más allá de los aspectos más controvertidos de su discurso, las palabras de Ratzinguer en Ratisbona hubieran merecido una respuesta racional de similar altura, y no los llamamientos a la ira, a la quema de iglesias o al asesinato de monjas realizados por la asociación mundial de clérigos musulmanes en protesta por algo con lo que –en principio– parecían estar de acuerdo. Semejante respuesta, que por desgracia parece dar la razón al Papa de Roma, no es la propia de seres racionales sino la manifestación más alta del rencor de quienes no sólo no se atreven a leer lo que critican, sino que, además, al parecer no conocen otro modo de purificar el alma de los creyentes que el de –simplemente– cortarles la cabeza.Ante esta deriva totalitaria de los sacerdotes de Alá, uno hubiera deseado escuchar, al menos, la voz clara y precisa de los intelectuales –religiosos o laicos– del mundo musulmán, marcando distancias con esa visión febril del radicalismo islámico a la que, con vocación totalitaria, parecen inclinarse los imanes; una voz serena y autocrítica con los manifestaciones más oscuras de una religión que aspiran a controlar todos los aspectos de la vida de quienes han caído bajo el peso formidable de su totalitarismo; una voz en alto tras la que se adivinara –al menos en sus ciernes– no ya la intención de separar la esfera de lo cívico de la de lo sagrado sino la intención de una parte de la sociedad civil de depurar los cánones del islamismo de sus resortes más violentos y abominables; una voz sencilla, capaz de penetrar en el espíritu de la buena gente musulmana, para inmunizarlo –desde dentro– ante el rencor apocalíptico de ese clero musulmán que tantísimo dinero recibe de los gobiernos teocráticos que ahora piden disculpas para empezar a hablar de reconciliación y encuentro...
Pero no, detenidos y quietos, los intelectuales islámicos no saben, o no pueden, o no quieren responder a sus demonios. Quienes realmente insultan o manchan al mundo musulmán no son las palabras de un papa o los controvertidos dibujos de un periodista gráfico holandés, sino los que practican ablaciones a sus adolescentes; los que lapidan a sus adúlteras; los que asesinan a sus jóvenes por cuestiones de honor; los que lanzan a la calle a la gente sencilla que no tiene que comer, y también los que callan ante tanta locura.Y qué decir de los musulmanes de Occidente? Se manifestaron virulentamente cuando en Francia se prohibió el chador y cualquier símbolo religioso en las escuelas, pero se quedaron en sus casas cuando vieron caer las piernas de Manhattan sobre el Hudson aquel fatídico 11 de septiembre, mientras las mujeres palestinas recibían la masacre con un alegre ulular, sacralizando con júbilo a los autores de la gran matanza y celebrando las razones de una eterna yihad contra los infieles de Occidente. Protestaron con grandes y sonoras algaradas contra aquella “blasfema herejía” que supuso poner rostro al gran profeta, pero se ocultaron en sus casas tras el asesinato masivo por un comando islámico checheno de trescientos escolares en Beslán, o se inhibieron bajo el burka protector de levantar la voz y manifestar su espanto ante los trenes retorcidos de Madrid, donde doscientos seres inocentes acabaron convertidos, por Alá, en crisantemos rojos. Se quejaron en Londres de que la policía espiaba los discursos de los imanes sospechosos de llamar en sus centros religiosos a la guerra Santa, pero tuvieron el coraje de salir a sus calles con pancartas de ánimo a Al Qaeda, frente a la mirada atónita de una policía que estaba obligada a defender para ellos la libertad sacrosanta de expresión, a pesar de que, alabado sea Alá, todavía humeaban los trenes de Londres con cincuenta personas calcinadas dentro…
No. Son los propios musulmanes los que deben responder a esta barbarie, con el mismo vigor con que nosotros lo hicimos a las nuestras. Pero conviene que lo hagan ahora, cuando todavía hay tiempo para recuperar la confianza y establecer otros cauces más serenos y más anchos para convivir. La Civilización de Occidente, que tanto denigran, está dispuesta a hablar, pero no con quien pone bombas y pistolas encima de la mesa. Murieron más de sesenta millones de europeos y americanos para aplastar en Hitler la última de nuestras abominaciones, y no creo que, después de tanta sangre, sepamos ahora dejarnos degollar por otra, por mucho que nos llegue oculta bajo el ropaje transparente de una bella hurí del paraíso.


Publicado en el nº 2 de la revista Malena, de marzo de 2006.


5 comentarios anteriores:
mi despertar dijo: Increible lo que escribiste. me dejaste pensando (17 de mayo de 2007 22:24)
jose antonio dijo: Hola Carlos, interesantisimo tu blog, me ha encantado, espero que siga creciendo.Te respondo aqui tambien a tu pregunta, el autor de todos los trabajos soy yo, espero que te hayan gustado.Te animo para que sigas trabajando en tu blog y en ese proyecto editorial, como he dicho antes, con ese nombre tan bonito, seguro que es un exito. Un fuerte abrazo! (18 de mayo de 2007 8:49).
Anónimo dijo: ¿Y por qué tenemos que seguir el mismo camino que Occidente? ¿Acaso se vive mejor en sus sociedades materialistas? Hay mucho antimusulman suelto, gente que falta al respeto continuamente a mi pueblo. Y Ud. es uno de ellos, un sionista al servicio de norteamérica. Cuidese. Las pesonas como Ud. no tienen más futuro que la exterminacíon. A. A.
(19 de mayo de 2007 20:53)
Anónimo dijo: Señor A. A.¿Realmente Ud no cree que algo tienen que cambiar en su religión? ¿No le rechinan los dientes al ver a las mujeres lapidadas, o a esas muchachas degolladas por enamorarse simplemente de muchachos de otras religiones? Estoy de acuerdo con Carlos Morales, aunque yo no tengo como él la esperanza de que el mundo islámico vaya a cambiar, si quiera un poco. Udes tienen todo el derecho de no hacerlo, pero luego aténganse a las consecuencias. Porque yo no voy a dejar que me deguellen, la verdad. Y aprovecho esta espacio para dedicarle toda mi solidaridad a Carlos Morales, y para felicitarle también por la solidez y elegancia de su blog.Riánsares Domínguez. (22 de mayo de 2007 6:51)
Lenocinio Pérez dijo: Vaya con AA (sólo le falta una tercera A para ser la triple A: aquella cosa fascista, aunque el fascismo le sale por los poros con esa amenaza de “exterminación”). Y el caso es que con sus planteamientos le da más que la razón al blogmaster. Est@ AA no deja de ser sino un cazurro (lo mismo no conoce la palabra, pero para eso están los diccionarios, de paso aprovecha para leer y con un poco de suerte se le abre el cerebro).Sus planteamientos son totalmente rancios. Desconoce el sentido de conceptos como diálogo, debate, entendimiento, autocrítica. Y claro, a la mínima salta con amenazas. Lo mismo que Goering cuando presumía de que cada vez que escuchaba la palabra “cultura” echaba mano a la pistola. AA es un ejemplo de cómo ciertas ¿civilizaciones? avanzan retrocediendo. Qué lejos están radicales (¿o habría que decir mejor marionetas?) como él de la antigua civilización islámica, aquella que supo beber de tantas y diversas fuentes: grecolatinas, judías, cristianas, persas. Debería acudir a la historia, a la de verdad, no a los tópicos y falsedades que difunden “intelectuales” de la catadura de un Bin Laden (por cierto, que este personajillo barbado podía inmolarse él en lugar de manipular a otros para que lo hagan en su nombre). Debería, y no es mal consejo, leerse las Mil y Una Noches. Debería dejar de pensar en la arena de desiertos, en camellos rampantes y en montañas que nunca se mueven por mucho que las llame el sin rostro. Debería, eso sobre todo, pensar en lugar de ser un esclavo del dogma. Y debería, por qué no, comer menos estupidez y más jamón. Y de paso tomarse una copa de buen vino.Lenocinio Pérez (23 de mayo de 2007 7:59)

El antisemitismo de Occidente

Memorial del Holocausto en Berlín



El novelista Norberto Luís Romero entrevistó a Carlos Morales, director de la editorial el Toro de Barro, con motivo de la presentación de la novela La cicatriz del humo, de la escritora israelí Amela Einat, la segunda entrega de la Biblioteca Internacional del Holocausto. La entrevista fue Publicada en la revista informática Europa Plurilingüe en el año 2004, aunque ya no aparece en su índice.

***

Acaba de concluir el frenético ciclo de presentaciones de La cicatriz del humo, de la escritora israelí Amela Einat. La novela, dirigida a un público juvenil y prácticamente agotada, narra las vicisitudes de un viaje real a los círculos polacos de la muerte protagonizado por un grupo de estudiantes preuniversitarios israelíes y algunos de los treinta ancianos que, siendo aún niños, tuvieron la fortuna de sobrevivir a Auschwitz. Es, también, el segundo volumen de la «Biblioteca Internaacional del Holocausto», una de las colecciones más animadas de la editorial conquense «El Toro de Barro», y cuyo director, el poeta Carlos Morales, nos recibe en el jardín de su casa de Nuevo Baztán.
Norberto Luis Romero: Algunos historiadores han culpado al mundo editorial y a la industria del cine de pervertir el pasado para acentuar los lados más morbosos del Holocausto y mantenerlo así artificialmente “vivo” en la conciencia de Occidente. Supongo que Vd. no lo ve así…
Carlos Morales:
La historiografía ha hecho un magnífico trabajo en torno a la Shoá, pero no ha podido convertirla en un acontecimiento más de nuestra Historia. La culpa no hay que buscarla en los historiadores ni en quienes, no siéndolo, hemos escarbado a nuestro modo en la tragedia, sino en el hecho de que Auschwitz ha pulverizado por completo los viejos mitos protectores de nuestra civilización, demostrando que, en determinadas circunstancias, ni nuestros valores culturales ni nuestro sistema político son capaces de hacer frente a las manifestaciones del Mal. Ya no hace falta remontarse a otras civilizaciones para contemplar la crueldad en su estado más puro; nos basta con mirar a nuestro lado para darnos cuenta –con horror– de que quienes fueron capaces de perpetrar semejante genocidio –muchos de los cuales viven todavía– eran hombres y mujeres como Vd. y como yo, educados en los mismos principios que nosotros. Y eso es muy difícil de encajar. Por eso seguimos pensando el Holocausto, por eso nos sigue conmoviendo, rompiendo, la Shoá…
NLR: O sea, que Occidente no está libre
de pecado…
CM: Yo creo que ninguna civilización está libre del Mal. Las civilizaciones se diferencian unas de otras en los códigos éticos y morales con que las sociedades han tratado de impedir que ese animal oscuro que todos llevamos dentro se manifieste, o que, si se despierta, lo haga dentro de un orden moral que le otorgue una mínima justificación y lo haga soportable. Auschwitz ha puesto en evidencia que lo único que nos separa en este sentido de otras civilizaciones es que, para ejercer la crueldad, necesitamos un más elevado nivel de sofisticación intelectual, un grado más alto de elegancia, y poco más.
NLR: El mito racial, por ejemplo. Y Wagner.
CM: Exacto. La gran diferencia entre el Holocausto y otros genocidios es que el asesinato en masa de seis millones de judíos perpetrado en Europa no fue la consecuencia de un repentino momento de cólera o, por ejemplo, de una guerra de conquista (como el realizado por los rusos sobre el pueblo checheno o por los iraquíes árabes sobre los Kurdos de Irak), sino el resultado de una sofisticada reflexión racional que convirtió la vieja desconfianza ante la religión judía en un mito racial. Los nazis llegaron a la conclusión de que el judaísmo era algo parecido a un enorme montón de plutonio radiactivo que había, de algún modo, deformado el código genético de quienes lo practicaron alguna vez y de sus descendientes, predisponiéndolos a combatir el conjunto de las leyes de la naturaleza y a sustituirlas por otras que, como las del cristianismo o las del comunismo, protegían a los débiles e impedían, por ello, el engrandecimiento de la Civilización…Cuesta creerlo. Fue una forma de legitimar la crueldad intelectualmente muy "sofisticada".
NLR: Tan inermes están las democracias ante el antisemitismo?
CM: Ante el antisemitismo y, en general, ante todas las formas de totalitarismo racial o de xenofobia. Si las comparamos con una enfermedad, diríamos que el tumor ha mutado a lo largo de los últimos cincuenta años para hacerse inmune a los anticuerpos generados por la Civilización tras la última gran guerra mundial. Sus ideas, sus mitos, avanzan lentamente hasta instalarse en la conciencia colectiva sin que seamos conscientes de ello. En su magnífica novela, esa Fiesta de los infiernos que he tenido el honor de editar, Juan José Delgado ha ilustrado magistralmente los hilos invisibles que obran en las sociedades avanzadas para ir extendiendo las diversas formas de xenofobia hasta convertirlas en un elemento más de la normalidad social. El nazismo emergió así, como una corriente minoritaria que alcanzó el poder por vías democráticas y, desde sus atalayas, generalizó socialmente su locura antisemita en buena parte de Europa. La democracia alemana no pudo evitar su triunfo, y el resto de las democracias no supieron ver a tiempo que el Mal era ya una hidra con millones de cabezas...
NLR: Podría ocurrir lo mismo en Europa con el sentimiento antimusulmán?
CM: Es probable, pero el problema es distinto. A diferencia del mundo judío, el mundo islámico tuvo –y tiene– muchas dificultades para integrarse en las sociedades de Occidente y aceptar como propios determinados principios que son el fundamento íntimo de nuestra civilización. Cuando, por ejemplo, la justicia castiga a los imanes que propagan la yihad o la idea de que es natural que el hombre maltrate a la mujer, o a los padres que imponen a sus hijas –contra su voluntad– determinados matrimonios, o a los que, partiendo de la idea de que la mujer no tiene derecho al gozo sexual, imponen la ablación, lejos de reflexionar sobre esas actitudes culturales, los musulmanes acusan a Occidente de racismo y de xenofobia. ¿Realmente somos racistas los que pretendemos que la coexistencia entre las distintas culturas que conviven en Europa se base en el cumplimiento estricto de una ley civil única y común para todos los que vivimos aquí?
NLR: Eso es un ataque nada velado a las doctrinas multiculturalistas.
CM: Es que una cosa es participar del multiculturalismo y otra –muy distinta– ser un insensato. ¿Tan difícil es de entender que si yo, que soy agnóstico, denuncio a mi vecino católico, o judío, o musulmán, por
pegar a su mujer, no lo estoy haciendo por ser anticatólico, antijudío o antimusulmán, sino simple y llanamente por escrúpulos? Quienes piensan que la integración de las minorías es un objetivo moralmente superior a la defensa de las conquistas sociales y éticas que tanto nos ha costado construir, están en un terrible error. La integración ha de hacerse de otro modo, facilitando su ingreso en el mercado de trabajo e incorporando algunos símbolos que permitan a los musulmanes sentir esta civilización que les recibe como “su” propia civilización.

Geert Vanden Wijngaert (2003)

NLR: La verdad es que el «11 de septiembre» ha puesto las cosas muy difíciles. Lo digo porque César Vidal ha afirmado recientemente que el islamismo es incompatible con los principios de la democracia…
CM: Hay palabras que un hombre inteligente como César Vidal, al que admiro profundamente, nunca debiera decir, ni siquiera tras el «11 de septiembre»; entre otras cosas, porque se arroja a los pies de los caballos a quienes, dentro del mundo musulmán, trabajan para instaurar en sus sociedades un modo distinto de vivir que reste oxígeno a esos fanáticos que son los que realmente quieren someter al mundo al burka gigantesco de Dios. Las palabras de Vidal parecen más un juicio de valor que un juicio histórico, y, en ese sentido, pueden asentar en Occidente los principios de un prejuicio antimusulmán que, llevado hacia su extremo, y tal como están las cosas, acabaría teniendo terribles consecuencias.
NLR: Pero Vd. ve realmente posible que el mundo islámico acepte los principios de la democracia?
CM: Eso se preguntaba Europa respecto del catolicismo a principios del siglo XX, y ya ve. La verdad es que para que el catolicismo europeo aceptase los mecanismos democráticos para la defensa de su código moral, hicieron falta una revolución industrial, varias revoluciones políticas y dos guerras mundiales. Es muy probable que las sociedades árabes musulmanas no estén preparadas para un proceso semejante, pero eso es algo que no se puede decir taxativamente de los musulmanes europeos, cuyo modo de vivir es completamente distinto al estereotipo con que hemos definido al musulmán. Yo quiero pensar que la compatibilidad entre islamismo y democracia se dará entre los musulmanes de Occidente, siempre, claro está, que encuentren en nosotros –y nosotros en ellos– motivos suficientes para la mutua confianza. Si eso se consigue, si el islamismo turco consigue –en eso está– crear algo parecido a lo que entre nosotros fue, a mediados del siglo XX, la democracia cristiana, el mundo habrá dado un gran paso hacia delante, porque las sociedades árabes tendrán un modelo que seguir, y Occidente un motivo más para acallar su soberbia.
NLR: Con el título de Coexistence, Vd. publicó no hace mucho una antología de poetas israelíes que incluía a tres poetas árabes. Cree Vd. realmente posible un encuentro entre el pueblo hebreo y el pueblo palestino?
CM: Coexistence quería varias cosas. Quería, en primer lugar, dar un estatuto cultural a los árabes que viven en Israel y, en segundo lugar, dar cobertura en Europa, y un apoyo explícito, a esos artistas e intelectuales que en modo alguno se ajustan al estereotipo que nos hemos forjado de ellos y que, encima, como poetas, lo hacen maravillosamente bien; hablo de intelectuales árabes de distintas religiones que abominan del terrorismo y no creen que la creación de un Estado palestino exija la destrucción del Estado de Israel; y hablo de intelectuales judíos que trabajan para que los palestinos tengan su propio Estado en los territorios reconocidos como suyos por las Naciones Unidas porque creen que ese, y no el Muro, es el único camino para la paz. Era preciso escuchar esas voces que están poniendo en riesgo su vida y su prestigio intentando demostrar por la vía de los hechos lo que tienen de falaces los mitos culturales y religiosos que, continuamente reavivados por los más radicales, impiden la normalización de las relaciones entre la gente normal, que en su mayoría está por la coexistencia.
NLR: Pero lo cierto es que sólo queda «El Muro».
CM: ¿De cuál me habla? ¿Del muro que está construyendo Ariel Sharón o del muro que Arafat nunca dejó de construir? Porque, que yo sepa, el anciano de la mukata tuvo en su mano la posibilidad de aceptar la propuesta que Ehud Barak, enfrentándose a los más radicales de entre los hebreos, puso sobre su mesa, y que recogía el noventa por ciento de las reivindicaciones palestinas. Me pregunto qué hubiera ocurrido si Arafat hubiera tenido la mitad del valor que demostró el líder laborista israelí y hubiera hecho frente a esos locos fanáticos de la yihad que no ven otra solución al drama palestino que la destrucción del Estado de Israel. Y me respondo que, tal vez, ya tendríamos un Estado palestino; que Ariel Sharón estaría cuidando cardos en su rancho del Negev, y que el hormigón que ahora se emplea en construir un muro inútil se estaría utilizando, por ejemplo, para canalizar el agua. Y eso por no hablar del muro que estamos construyendo los propios europeos, y en especial los que –como José Saramago– no ven que nada bueno pueda salir de Israel, o los que –como Gabriel Albiac o César Vidal– piensan lo mismo del Islam. ¿Me puede Vd. decir cuál de los tres muros empezamos a derribar primero?