
AUSCHWITZ
o el silencio de Dios
Carlos Morales
Carlos Morales
La decisión del gobierno alemán de abrir al escrutinio público los archivos del III Reich acaso nos ayude a comprender –lo necesitamos– cómo fue posible que una de las naciones más cultas de Europa no sólo conviniera en que la «Solución final» a los grandes males de Occidente pasaba por la absoluta erradicación del pueblo judío de la faz de la tierra, sino que, para llevarla a cabo, aceptara con absoluta normalidad la creación de una gigantesca maquinaria de exterminio cuya asombrosa perfección fue –y sigue siendo hoy– la más genuina representación del Apocalipsis.
No han sido pocos los historiadores que han procurado saldar esta inquietud comprendiendo el Holocausto como una suerte de «opción militar» de carácter estratégico “impuesta” a los jerarcas nazis por la II Guerra Mundial. La urgente necesidad de abrir un “hueco” a los prisioneros soviéticos en los campos de concentración, y la interpretación nazi de la irrupción americana en el conflicto como una prueba más de que el “cáncer judío” no sólo afectaba al comunismo, sino que se extendía también a las democracias más poderosas de la tierra, habrían “obligado” a los dirigentes del Reich a plantearse el exterminio absoluto de la judería europea como una “necesidad imperiosa”, con fusilamientos masivos al principio, y, finalmente, con las tristemente hiperactivas cámaras de gas. En ese sentido –se nos viene a decir– el Holocausto no debiera ser entendido de un modo distinto al de otros de los muchos «crímenes de Guerra» y «contra la humanidad» cometidos por los contendientes al amparo de un conflicto planetario que regó la memoria de Europa con más de cuarenta millones de muertos…A pesar de su capacidad de seducción, representaciones como ésta de la realidad histórica dejan demasiadas preguntas en el aire. ¿Qué sentido estratégico podía tener la aniquilación de más de un millón y medio de niños judíos en los campos de exterminio de Polonia? ¿Acaso eran agentes camuflados a sueldo de Stalin o de las corruptas democracias de occidentes? Las estrictas precauciones con que, a diferencia de los bombardeos masivos o las ejecuciones públicas de prisioneros de guerra, buscaron alejar el genocidio del conocimiento de la opinión pública no hacen sino levantar la sospecha de que las autoridades nazis tenían plena conciencia de que ni siquiera las contingencias impuestas por la Guerra justificaban aquel espantoso acto de barbarie en que estaban empeñados ¿Entonces?
En realidad, tanto el genocidio judío como la misma guerra formaban parte de un programa político cuya piedra angular había sido tallada en 1925 por Adolf Hitler en su Mein Kampf. Sus páginas abogaban por una guerra que sólo alcanzaría su fin con el dominio absoluto alemán sobre el mundo conocido, y cuya viabilidad requería necesariamente la conversión de todas las razas inferiores –las no arias– en mano de obra esclava al servicio exclusivo del Reich. De acuerdo con ellas también, la Obra no podría completarse sin la erradicación absoluta de la «raza judía», la única que, más allá de su inferioridad, era radicalmente incompatible con la Civilización que se buscaba: y es que, marcada por una especie de malformación genética nacida de la práctica constante de una religión igualitarista, el instinto racial llevaba inexorablemente a sus miembros a procurar poner las sociedades que dominaban –mediante añagazas perversas como el comunismo y el cristianismo– al ritmo cansino de los débiles.
En este sentido, ni la «Solución final» fue el dramático efecto colateral de un conflicto planetario, ni la II Gran Guerra fue la excusa para llevar aquélla a puerto. Ambas fueron, por el contrario, el producto de la vasta locura totalitaria de un puñado de hombres a la que Alemania acabó entregando, democráticamente, su destino. A nuestro juicio, la enorme responsabilidad histórica que le cabe a la sociedad alemana por haberse entregado, no es menor que la de las potencias vencedoras en la I Guerra Mundial, cuya política –tan soberbia como escasamente inteligente– llevó al pueblo alemán a separarse de la misma tradición liberal que la asfixiaba. De otro lado, ¿con qué razón pueden apuntar hacia Alemania aquellas sociedades europeas cuyo pacifismo “aconsejó” a sus gobernantes apaciguar a la Bestia con continuas concesiones en vez de aplastarla con coraje cuando aún era posible hacerlo?
Aunque asumir esto nos debiera bastar para saber el camino que nunca debemos volver a seguir, en modo alguno nos sirve para responder todas las preguntas. ¿Por qué fue Europa la mano que entregó a los judíos a la más terrible de las Apocalipsis? ¿Por qué fue tan renuente a evitar su trágico destino? Tal vez hallemos la respuesta en los más de dos mil años de feroz antijudaísmo con que las diversas corrientes religiosas nacidas al amparo del cristianismo inundaron los cielos de nuestra Civilización. Las raíces del Holocausto no están –como sugiere Ratzinger– en el «silencio de Dios», sino en el rencor antijudío que los intérpretes de todas sus iglesias –y no solo la Católica– lograron construir sobre una torva percepción de su Evangelio. Sin ese furor, es más que probable que la existencia judía jamás hubiera llegado a ser, en esta vieja Europa que se jacta de ser la civilización más perfecta de la Tierra, ese terrible problema para el que los nazis encontraron –en Auschwitz– la no menos terrible «Solución final». La negra leche del alba…
(Publicado en la revista Malena, nº 3, en junio de 2006)

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