viernes, 1 de junio de 2007

Entrevista con Carlos Morales. El antisemitismo de Occidente

Memorial del Holocausto en Berlín


El novelista Norberto Luís Romero entrevistó a Carlos Morales, director de la editorial el Toro de Barro, con motivo de la presentación de la novela La cicatriz del humo, de la escritora israelí Amela Einat, la segunda entrega de la Biblioteca Internacional del Holocausto. La entrevista fue Publicada en la revista informática Europa Plurilingüe en el año 2004, aunque ya no aparece en su índice.


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Acaba de concluir el frenético ciclo de presentaciones de La cicatriz del humo, de la escritora israelí Amela Einat. La novela, dirigida a un público juvenil y prácticamente agotada, narra las vicisitudes de un viaje real a los círculos polacos de la muerte protagonizado por un grupo de estudiantes preuniversitarios israelíes y algunos de los treinta ancianos que, siendo aún niños, tuvieron la fortuna de sobrevivir a Auschwitz. Es, también, el segundo volumen de la «Biblioteca Internaacional del Holocausto», una de las colecciones más animadas de la editorial conquense «El Toro de Barro», y cuyo director, el poeta Carlos Morales, nos recibe en el jardín de su casa de Nuevo Baztán....

Norberto Luis Romero: Algunos historiadores han culpado al mundo editorial y a la industria del cine de pervertir el pasado para acentuar los lados más morbosos del Holocausto y mantenerlo así artificialmente “vivo” en la conciencia de Occidente. Supongo que Vd. no lo ve así…
Carlos Morales: La historiografía ha hecho un magnífico trabajo en torno a la Shoá, pero no ha podido convertirla en un acontecimiento más de nuestra Historia. La culpa no hay que buscarla en los historiadores ni en quienes, no siéndolo, hemos escarbado a nuestro modo en la tragedia, sino en el hecho de que Auschwitz ha pulverizado por completo los viejos mitos protectores de nuestra civilización, demostrando que, en determinadas circunstancias, ni nuestros valores culturales ni nuestro sistema político son capaces de hacer frente a las manifestaciones del Mal. Ya no hace falta remontarse a otras civilizaciones para contemplar la crueldad en su estado más puro; nos basta con mirar a nuestro lado para darnos cuenta –con horror– de que quienes fueron capaces de perpetrar semejante genocidio –muchos de los cuales viven todavía– eran hombres y mujeres como Vd. y como yo, educados en los mismos principios que nosotros. Y eso es muy difícil de encajar. Por eso seguimos pensando el Holocausto, por eso nos sigue conmoviendo, rompiendo, la Shoá…
NLR: O sea, que Occidente no está libre de pecado…CM: Yo creo que ninguna civilización está libre del Mal. Las civilizaciones se diferencian unas de otras en los códigos éticos y morales con que las sociedades han tratado de impedir que ese animal oscuro que todos llevamos dentro se manifieste, o que, si se despierta, lo haga dentro de un orden moral que le otorgue una mínima justificación y lo haga soportable. Auschwitz ha puesto en evidencia que lo único que nos separa en este sentido de otras civilizaciones es que, para ejercer la crueldad, necesitamos un más elevado nivel de sofisticación intelectual, un grado más alto de elegancia, y poco más.
NLR: El mito racial, por ejemplo. Y Wagner.
CM: Exacto. La gran diferencia entre el Holocausto y otros genocidios es que el asesinato en masa de seis millones de judíos perpetrado en Europa no fue la consecuencia de un repentino momento de cólera o, por ejemplo, de una guerra de conquista (como el realizado por los rusos sobre el pueblo checheno o por los iraquíes árabes sobre los Kurdos de Irak), sino el resultado de una sofisticada reflexión racional que convirtió la vieja desconfianza ante la religión judía en un mito racial. Los nazis llegaron a la conclusión de que el judaísmo era algo parecido a un enorme montón de plutonio radiactivo que había, de algún modo, deformado el código genético de quienes lo practicaron alguna vez y de sus descendientes, predisponiéndolos a combatir el conjunto de las leyes de la naturaleza y a sustituirlas por otras que, como las del cristianismo o las del comunismo, protegían a los débiles e impedían, por ello, el engrandecimiento de la Civilización…Cuesta creerlo. Fue una forma de legitimar la crueldad intelectualmente muy "sofisticada".
NLR: Tan inermes están las democracias ante el antisemitismo?CM: Ante el antisemitismo y, en general, ante todas las formas de totalitarismo racial o de xenofobia. Si las comparamos con una enfermedad, diríamos que el tumor ha mutado a lo largo de los últimos cincuenta años para hacerse inmune a los anticuerpos generados por la Civilización tras la última gran guerra mundial. Sus ideas, sus mitos, avanzan lentamente hasta instalarse en la conciencia colectiva sin que seamos conscientes de ello. En su magnífica novela, esa Fiesta de los infiernos que he tenido el honor de editar, Juan José Delgado ha ilustrado magistralmente los hilos invisibles que obran en las sociedades avanzadas para ir extendiendo las diversas formas de xenofobia hasta convertirlas en un elemento más de la normalidad social. El nazismo emergió así, como una corriente minoritaria que alcanzó el poder por vías democráticas y, desde sus atalayas, generalizó socialmente su locura antisemita en buena parte de Europa. La democracia alemana no pudo evitar su triunfo, y el resto de las democracias no supieron ver a tiempo que el Mal era ya una hidra con millones de cabezas...NLR: Podría ocurrir lo mismo en Europa con el sentimiento antimusulmán?CM: Es probable, pero el problema es distinto. A diferencia del mundo judío, el mundo islámico tuvo –y tiene– muchas dificultades para integrarse en las sociedades de Occidente y aceptar como propios determinados principios que son el fundamento íntimo de nuestra civilización. Cuando, por ejemplo, la justicia castiga a los imanes que propagan la yihad o la idea de que es natural que el hombre maltrate a la mujer, o a los padres que imponen a sus hijas –contra su voluntad– determinados matrimonios, o a los que, partiendo de la idea de que la mujer no tiene derecho al gozo sexual, imponen la ablación, lejos de reflexionar sobre esas actitudes culturales, los musulmanes acusan a Occidente de racismo y de xenofobia. ¿Realmente somos racistas los que pretendemos que la coexistencia entre las distintas culturas que conviven en Europa se base en el cumplimiento estricto de una ley civil única y común para todos los que vivimos aquí?
NLR: Eso es un ataque nada velado a las doctrinas multiculturalistas.CM: Es que una cosa es participar del multiculturalismo y otra –muy distinta– ser un insensato. ¿Tan difícil es de entender que si yo, que soy agnóstico, denuncio a mi vecino católico, o judío, o musulmán, por pegar a su mujer, no lo estoy haciendo por ser anticatólico, antijudío o antimusulmán, sino simple y llanamente por escrúpulos? Quienes piensan que la integración de las minorías es un objetivo moralmente superior a la defensa de las conquistas sociales y éticas que tanto nos ha costado construir, están en un terrible error. La integración ha de hacerse de otro modo, facilitando su ingreso en el mercado de trabajo e incorporando algunos símbolos que permitan a los musulmanes sentir esta civilización que les recibe como “su” propia civilización.
Geert Vanden Wijngaert (2003)


NLR: La verdad es que el «11 de septiembre» ha puesto las cosas muy difíciles. Lo digo porque César Vidal ha afirmado recientemente que el islamismo es incompatible con los principios de la democracia…CM: Hay palabras que un hombre inteligente como César Vidal, al que admiro profundamente, nunca debiera decir, ni siquiera tras el «11 de septiembre»; entre otras cosas, porque se arroja a los pies de los caballos a quienes, dentro del mundo musulmán, trabajan para instaurar en sus sociedades un modo distinto de vivir que reste oxígeno a esos fanáticos que son los que realmente quieren someter al mundo al burka gigantesco de Dios. Las palabras de Vidal parecen más un juicio de valor que un juicio histórico, y, en ese sentido, pueden asentar en Occidente los principios de un prejuicio antimusulmán que, llevado hacia su extremo, y tal como están las cosas, acabaría teniendo terribles consecuencias.NLR: Pero Vd. ve realmente posible que el mundo islámico acepte los principios de la democracia?
CM: Eso se preguntaba Europa respecto del catolicismo a principios del siglo XX, y ya ve. La verdad es que para que el catolicismo europeo aceptase los mecanismos democráticos para la defensa de su código moral, hicieron falta una revolución industrial, varias revoluciones políticas y dos guerras mundiales. Es muy probable que las sociedades árabes musulmanas no estén preparadas para un proceso semejante, pero eso es algo que no se puede decir taxativamente de los musulmanes europeos, cuyo modo de vivir es completamente distinto al estereotipo con que hemos definido al musulmán. Yo quiero pensar que la compatibilidad entre islamismo y democracia se dará entre los musulmanes de Occidente, siempre, claro está, que encuentren en nosotros –y nosotros en ellos– motivos suficientes para la mutua confianza. Si eso se consigue, si el islamismo turco consigue –en eso está– crear algo parecido a lo que entre nosotros fue, a mediados del siglo XX, la democracia cristiana, el mundo habrá dado un gran paso hacia delante, porque las sociedades árabes tendrán un modelo que seguir, y Occidente un motivo más para acallar su soberbia.NLR: Con el título de Coexistence, Vd. publicó no hace mucho una antología de poetas israelíes que incluía a tres poetas árabes. Cree Vd. realmente posible un encuentro entre el pueblo hebreo y el pueblo palestino?CM: Coexistence quería varias cosas. Quería, en primer lugar, dar un estatuto cultural a los árabes que viven en Israel y, en segundo lugar, dar cobertura en Europa, y un apoyo explícito, a esos artistas e intelectuales que en modo alguno se ajustan al estereotipo que nos hemos forjado de ellos y que, encima, como poetas, lo hacen maravillosamente bien; hablo de intelectuales árabes de distintas religiones que abominan del terrorismo y no creen que la creación de un Estado palestino exija la destrucción del Estado de Israel; y hablo de intelectuales judíos que trabajan para que los palestinos tengan su propio Estado en los territorios reconocidos como suyos por las Naciones Unidas porque creen que ese, y no el Muro, es el único camino para la paz. Era preciso escuchar esas voces que están poniendo en riesgo su vida y su prestigio intentando demostrar por la vía de los hechos lo que tienen de falaces los mitos culturales y religiosos que, continuamente reavivados por los más radicales, impiden la normalización de las relaciones entre la gente normal, que en su mayoría está por la coexistencia.NLR: Pero lo cierto es que sólo queda «El Muro».
CM: ¿De cuál me habla? ¿Del muro que está construyendo Ariel Sharón o del muro que Arafat nunca dejó de construir? Porque, que yo sepa, el anciano de la mukata tuvo en su mano la posibilidad de aceptar la propuesta que Ehud Barak, enfrentándose a los más radicales de entre los hebreos, puso sobre su mesa, y que recogía el noventa por ciento de las reivindicaciones palestinas. Me pregunto qué hubiera ocurrido si Arafat hubiera tenido la mitad del valor que demostró el líder laborista israelí y hubiera hecho frente a esos locos fanáticos de la yihad que no ven otra solución al drama palestino que la destrucción del Estado de Israel. Y me respondo que, tal vez, ya tendríamos un Estado palestino; que Ariel Sharón estaría cuidando cardos en su rancho del Negev, y que el hormigón que ahora se emplea en construir un muro inútil se estaría utilizando, por ejemplo, para canalizar el agua. Y eso por no hablar del muro que estamos construyendo los propios europeos, y en especial los que –como José Saramago– no ven que nada bueno pueda salir de Israel, o los que –como Gabriel Albiac o César Vidal– piensan lo mismo del Islam. ¿Me puede Vd. decir cuál de los tres muros empezamos a derribar primero?


















1 comentario:

Myriam dijo...

Excelente Carlos, me has dejado sin palabras. Yo sin método alguno, siempre he pensado como tú en materia de Oriente Medio. Culturas y religiones, entre hombres y mujeres de buena voluntad, siempre pueden coexistir, pero hay que partir de premisas irrenunciables, como la tolerancia, que no debe nunca ser relativismo, principios intransables como que el camino a la paz siempre es la paz paso a paso, el respeto por el que piensa y cree distinto.

Por un lado creo que los últimos acontecimientos en los países árabes, la llamada "primavera árabe" son buenas señales, siempre que no se aparten del camino, podríamos tomar eso y el apoyo mundial que han despertado, en sus vías hacia la democracia, como el derribamiento de varios ladrillos de varios muros. Por otra parte la conciencia mundial sobre el sufrimiento palestino nos hace ser garantes, al menos en las ideas, de un deseo vehemente de que la paz en Medio Oriente es posible.

Muy bueno el ritmo que le conferiste, como entrevistado, a la entrevista. Se advierte que tú la dirigiste hacia lo que querías destacar y dar a conocer.

Es un esfuerzo de Sísifo el que has invertido y no debieras abandonar, es una de las misiones de tu vida, que quizás a veces, se pierde de vista su real trascendencia.