Misha GordinBURKA
Carlos Morales
Carlos Morales
Hace ya algún tiempo, en una entrevista que me hizo el gran novelista argentino Norberto Luís Romero para la revista Europa plurilingüe, manifesté mis severos reparos a esa idea que el buen historiador César Vidal había puesto por aquellos días en circulación, según la cual el islamismo era esencialmente incompatible con los principios de la democracia. Pensaba entonces –y sigo haciéndolo ahora– que no se podía convertir en una verdad absoluta lo que en el fondo no era más que un juicio de valor que pasaba por alto el hecho de que, históricamente, ninguna de las religiones monoteístas jamás había aceptado con naturalidad los argumentos ideológicos del pensamiento democrático. De hecho, detrás de los muertos apilados a los pies de la cúpula que hasta hace poco cubría la hermosísima mezquita de la ciudad legendaria de Samarra, se encuentra el mismo afán totalitario que hizo posible el asesinato de miles de judíos en las calles cristianas de Toledo y de Sevilla, allá por 1391; las voluptuosas hogueras de la Suiza de Calvino, o las riadas de sangre hugonote que corrieron por las calles de París en aquel terrible día de San Bartolomé: ninguna religión monoteísta ha estado más libre que las otras de los majestuosos excesos cometidos contra el hombre por los iluminados que quisieron hacer de la vida en la tierra un mero reflejo de los mundos celestes de los dioses a los que adoraban o –como los nazis– de una idea racial nacida del materialismo ateo pero convertida en una verdad no menos sagrada ni devastadora que las revelaciones del Corán o de la Biblia.
Para los que asistimos aterrados a ese rosario de violencia desatada no tanto por los musulmanes como por sus fanatismos, la gran cuestión que cabe plantearse no es si el Islam es menos permeable a los principios morales de la democracia de lo que lo fueron las otras grandes religiones del monoteísmo, sino hasta qué punto las sociedades que viven apiñadas a su sombra serán capaces algún día de liberar su cuello del yugo asfixiante del totalitarismo que lleva aparejada su tutela. Ese ha sido, precisamente, el campo de batalla del encarnizado combate por la libertad que –en palabras de Lord Acton– ha definido la gran Historia de Occidente. A día de hoy, nadie mejor que los europeos serán capaces de saber lo mucho que ha costado situar a Dios en el territorio de las conciencias individuales y hacer compatible su “presencia” con una sociedad civil organizada en torno a la consagración de la libertad de conciencia. A lo largo de nuestro dramático y tumultuoso viaje, las distintas confesiones religiosas de la cristiandad han ido aceptando –mal que bien, pero definitivamente– las limitaciones impuestas por una sociedad civil cada vez más laica a su afán por ajustar la vida de los individuos a sus cánones morales, al tiempo que han logrado impregnar de sentido cristiano la ética de la justicia y de la libertad sobre la que Occidente ha ido levantando su particular visión del Mundo. Nadie mejor que nosotros sabe de los rastros terribles dejados por quienes han querido diseñar el mundo a imagen y semejanza de las verdades absolutas religiosas o raciales, como herederos que somos de los que, en el seno de la tenida como la Civilización más “perfecta” y “sana” del planeta”, hicieron del ejercicio de la crueldad la más elegante de las artes: después de Auschwitz, no seremos los europeos los mejor ni más alegremente dispuestos a dar un paso atrás en la defensa de nuestro modo de vivir y de pensar el mundo que habitamos.
Europa está esperando a que el Islam reaccione y descabece desde dentro a quienes pretenden imponer a espada, en nombre de Alá, el burka de su Ley sobre la tierra. Nosotros no somos quién para decirles cómo hacerlo. No podemos hacer otra cosa que esperar. Pero cuando vemos que la sociedad civil musulmana es capaz de escandalizarse y de salir a la calle por unas viñetas desafortunadas, y no de hacer lo mismo ante los niños muertos de Beslán, de Madrid, de Bali o de Manhattan, tenemos todo el derecho a preguntarnos qué podemos aguardar de un mundo inmóvil que, como el islámico, parece incapaz de salir de su silencio. Si sus dirigentes no saben o no pueden controlar a los fanáticos y –lo que es más importante– si la sociedad musulmana no se atreve a plantarse firmemente ante el delirio de los negros arcángeles de su Dios, que nadie nos pida mantener en pie nuestra paciencia más de lo que dura una rosa en el desierto. Nadie nos puede exigir que, en aras de la coexistencia, toleremos el ejercicio arbitrario de la crueldad y la ignominia. Podemos esperar, y esperaremos; pero no sabemos cómo. Ni hasta cuando.
Este artículo fue publicado en el nº 2 de la revista Malena (Cuenca), en Marzo de 2006

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada